Era cierto que ella había estado sufriendo injusticias todo este tiempo, pero también la habían mantenido completamente a oscuras. Además, Aurora estaba tan ocupada que no se atrevía a molestarla, y mucho menos quería preocuparla.
Elara apretó los labios, mirando a Aurora sin decir una palabra.
—¿Es que eres tonta? ¿Por qué tienes que cargar con todo tú sola? ¿Qué lugar ocupo yo en tu vida? ¿Acaso no me consideras tu amiga? —le recriminó Aurora en voz alta, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Elara se apresuró a limpiarle el rostro.
—Lo siento mucho, me equivoqué. Por favor, no llores.
—Déjame —murmuró Aurora, apartando la mano de Elara. Giró el rostro y se secó las lágrimas rápidamente—. No estoy llorando, solo se me metió algo en el ojo.
—Sí, claro, no estás llorando.
Aurora la miró fijamente con el ceño fruncido, fingiendo estar furiosa. Después de unos segundos de sostenerle la mirada, la abrazó con fuerza, con la voz aún entrecortada.
—Eres una tonta.
¡Una tonta que le rompía el corazón!
Elara le dio unas suaves palmadas en la espalda, consolándola en silencio.
Poco después, cuando Aurora logró calmarse, se separó de ella un poco avergonzada. Se suponía que ella debía ser quien consolara a Elara, no al revés.
—¿Qué piensas hacer ahora?
Elara compartió la decisión que había tomado en el camino hacia allí.
—Voy a pedirle el divorcio.
Aurora asintió, comprensiva.
—Ese desgraciado se lo merece. Pero no es un hombre cualquiera; es el presidente del Consorcio Lucero. Tiene mucho poder y dinero. Si él no quiere darte el divorcio, no será una batalla fácil.
Elara, sin embargo, no lo veía de esa forma.
—¿Por qué no querría divorciarse? Él está enamorado de Nina Salinas. Si me hago a un lado, podrán estar juntos sin tener que esconderse. Debería estar saltando de alegría.
Aurora agitó la mano, negando con la cabeza.
—Estás viendo las cosas con demasiada inocencia. Él es la imagen del Consorcio Lucero, y su estado civil afecta directamente a la empresa y a sus acciones. Esa es la primera razón.


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