Elara negó con la cabeza, fingiendo confusión.
—No.
Dylan la observó en silencio durante unos segundos antes de hablar.
—Elara, somos marido y mujer. Ya sea en la vida diaria o en el trabajo, si pasa algo, espero que no me ocultes nada.
Él enfatizó sutilmente la palabra «trabajo», y Elara entendió al instante a qué se refería. Era evidente que se había enterado por Nina de sus planes de irse a estudiar a la Capital, pero como no tenía una justificación válida para reclamarle directamente, estaba lanzando indirectas para ver si ella confesaba.
Elara se hizo la desentendida.
—Lo sé, si pasara algo importante, no te lo ocultaría.
*Claro que te lo voy a ocultar.* pensó ella con ironía. *Tú me ocultaste que te revuelcas con otra, ¿qué tiene de malo que yo te oculte un simple traslado de trabajo? Aunque lo sepas, te vas a tener que aguantar, ¡y ojalá te ahogues del coraje!*
Dylan la miró fijamente un momento más y luego asintió.
—Si hay algún lugar al que quieras ir, puedes ir planeándolo. El fin de semana saldremos juntos.
—Me parece bien.
El viernes, Elara fue a la oficina del director del hospital para llenar el formulario de solicitud. Al entrar, se sorprendió al ver que Dylan también estaba allí.
—Elara, pasa, pasa —la saludó Benjamín con una enorme sonrisa—. El señor Lucero acaba de donar otro lote de equipos médicos a nuestro hospital.
Elara entró, tomó asiento en el sofá y miró a su esposo.
—¿Por qué no me dijiste nada de esta donación?
Dylan no respondió a su pregunta, sino que contraatacó:
—Tampoco me dijiste nada sobre tu traslado al Hospital General de la Capital, ¿verdad?
Elara se quedó sin palabras.
*Conque por ahí iba la cosa.* Como no encontraba una excusa para confesar que Nina se lo había contado, usó la donación de equipos como pretexto para sacarle la información al director. El dinero todo lo puede.
Benjamín la miró con asombro.
—¿No se lo habías comentado al señor Lucero? Creí que, como esposos, ya lo habían discutido.
Elara esbozó una sonrisa forzada.

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