Si antes no había aceptado la propuesta, ahora que estaba planeando el divorcio, mucho menos lo haría.
—Tú sabes que no quiero hacer eso —dijo Elara con firmeza.
Al ver que ella seguía mostrándose inflexible, el rostro de Dylan se oscureció y su tono se volvió autoritario.
—No voy a aprobar esto.
—No necesito tu aprobación, basta con la mía.
—¿De verdad crees que si yo me opongo, el director Benjamín se atreverá a darte el puesto?
La furia estalló en el pecho de Elara. Sabía que Dylan tenía razón. Con una sola palabra suya, el director jamás se atrevería a llevarle la contraria.
*¡Desgraciado, usando su poder para aplastarla!* Y lo peor era que no tenía forma de defenderse. ¡Pero renunciar a esa oportunidad era impensable!
Mientras su mente trabajaba a mil por hora, Elara ideó un plan.
—Yo siempre he apoyado tu trabajo incondicionalmente. Incluso cuando tuviste que trabajar mano a mano con Nina Salinas y me sentía terrible por ello, me convencí a mí misma de apoyarte. Vives ocupado, muchas veces ni siquiera duermes en casa. Cuando estaba recién dada a luz y recuperándome en la clínica, ni siquiera tenías tiempo para ir a vernos a tu hija y a mí. ¿Acaso me he quejado alguna vez? Todo este apoyo que te doy, ¿para qué me sirve ahora?
Al principio, Elara solo quería armar una escena de dramatismo para hacerlo sentir culpable y obligarlo a ceder. Pero a medida que hablaba, recordando todo lo que había sacrificado por esa familia solo para recibir mentiras y traiciones a cambio, un nudo genuino de frustración le apretó la garganta. Sus ojos se llenaron de lágrimas reales.
Rápidamente levantó la cabeza, obligándose a parpadear para contener el llanto. No iba a derramar ni una sola lágrima por ese infeliz.
Sin embargo, ante los ojos de Dylan, esa escena pintaba a una Elara profundamente herida pero que, en su terquedad, se negaba a llorar frente a él. Recordar lo mucho que la había descuidado a ella y a Vali últimamente lo llenó de remordimiento.
Su expresión severa se suavizó por completo, y su voz adoptó un tono mucho más dulce.
—Fui muy duro con lo que acabo de decir. No te enojes, ¿sí? Vamos a platicarlo con calma.
*Si ya estamos en la obra de teatro, pongámosle un poco más de drama,* pensó ella.
—Si logro destacar en mi profesión, tú también quedarás bien. Eres el presidente del Consorcio Lucero, y como tu esposa, no quiero ser una carga ni hacerte quedar mal. Solo quiero ganarme un lugar a tu lado por mi propio esfuerzo. ¿Por qué me obligas a decirte todo esto que me duele tanto?


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