Hacer que el señor Soler interrumpiera su reporte de trabajo no era poca cosa. El gerente dedujo de inmediato que esa mujer debía ser alguien importante, así que no dudó en mostrarle respeto.
Elara parpadeó, sorprendida de que un desconocido la saludara con tanta cortesía. Cuando quiso responderle, el hombre ya se había alejado.
—Doctora Rosales, por favor —Fabián le indicó que entrara a la sala con un ademán.
Elara pasó. Notó que Fabián no la seguía, sino que se quedaba firme junto a la puerta, custodiando la entrada como un guardia de seguridad.
Se detuvo justo frente a la mesa, en el mismo lugar donde segundos antes había estado parado el gerente.
—Señor Soler.
Renato levantó ligeramente la barbilla y señaló la silla frente a él.
—Toma asiento.
Elara se sentó, manteniendo la espalda recta y una postura tan rígida como si estuviera frente a los sinodales de su tesis médica.
Renato notó lo tensa que estaba. Le sirvió una taza de té y se la deslizó por la mesa.
—Gracias —murmuró ella.
Él se recargó en el respaldo de su silla con evidente soltura.
—¿Qué te trae por la Capital?
Su tono era profundo y casual, como si estuvieran en una simple charla de viejos conocidos. Eso ayudó a que Elara relajara un poco los hombros.
—Un colega del hospital me recomendó Villa Serena, así que decidimos venir a descansar un par de días.
—¿Vino Dylan contigo?
—Sí.
—¿Y dónde está?
Elara no contestó de inmediato. Tomó su taza, dio un sorbo al té y luego respondió:
—No lo sé.
Renato creyó que se habían desencontrado. Levantó la vista hacia la puerta y le ordenó a su asistente:
—Fabián, dile al gerente que envíe a su personal a buscarlo.
—¡No, no hace falta! —soltó Elara casi con pánico.
Renato no pasó por alto el destello de alarma en los ojos de ella. No era la preocupación de alguien que ha perdido a su pareja; era el miedo de alguien que está a punto de ser descubierto.
La mirada de Renato era tan aguda que parecía poder atravesar los huesos. Al clavar sus ojos en ella, en un silencio tenso y prolongado, Elara sintió que le estaban leyendo hasta el último de sus secretos.
Él no dijo nada, esperando claramente que ella hablara.

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