Dylan se quedó paralizado, pero la vacilación apenas duró un par de segundos.
—Ella está rodeada de médicos y enfermeras.
Al escuchar lo que quería, a Nina se le iluminó el rostro. Con sus manos pálidas, acunó el rostro de Dylan y lanzó su siguiente dardo:
—Dime la verdad... me amas más a mí, ¿cierto?
Dylan frunció ligeramente el ceño. Mantuvo los labios apretados y no dijo una sola palabra.
Las lágrimas de Nina empezaron a caer en cascada.
—Mírame cómo estoy... ¿ni siquiera por eso puedes decirme algo bonito para consolarme?
Él soltó un suspiro, y su tono se volvió una mezcla de exasperación y ternura.
—No te voy a dejar sola. Sé buena y vamos al hospital, ¿sí?
—Entonces dame un beso.
—Eres imposible —murmuró Dylan. Sin embargo, no dudó en inclinarse y presionar sus labios contra los de ella.
Había una evidente condescendencia en su voz, como quien le cumple un capricho a alguien que no sabe comportarse.
Nina enredó los brazos alrededor de su cuello y le devolvió el beso con desesperación.
Unos segundos después, él la apartó suavemente y la levantó en brazos. Esta vez, ella no se resistió; simplemente apoyó la cabeza en su pecho con docilidad.
Elara no dejó de grabar hasta que las dos figuras desaparecieron de su pantalla. Mientras caminaba de regreso hacia la salida de los senderos, le envió el video a Aurora junto con un mensaje: *«¿Crees que este video sirve como prueba de infidelidad?»*
Poco después, Aurora la llamó.
—Ese video sirve para respaldar tu caso, pero no es suficiente por sí solo. Necesitas grabarlos pasando la noche juntos, conseguir registros de hoteles o tener capturas de sus mensajes de texto. Tienes que armar todo un expediente para que los jueces no tengan dudas.
Elara frunció el ceño, frustrada.
—¿Es en serio? ¿Tanto problema por un divorcio?
—Así son las leyes aquí. Para comprobar adulterio, exigen que demuestres que mantienen una relación continua o que hubo un acto explícito. Si solo presentas un beso, los abogados de él pueden argumentar que fue un simple arrebato emocional.
—Entendido.
Elara guardó su teléfono. Al menos ya no tenía prisa por regresar al hospital; Dylan estaría demasiado ocupado lidiando con el drama de Nina como para preocuparse por ella.
Decidió caminar un rato por el complejo turístico y disfrutar del paisaje. Mientras admiraba los jardines, llamó a Marta, la señora que cuidaba a su pequeña Vali, para preguntarle cómo estaba la niña.
Acababa de colgar cuando una voz masculina la sobresaltó desde atrás.

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