Elara se quedó helada. De inmediato, bloqueó su celular y se dio la vuelta. Detrás de ella había una señora en bata de hospital; probablemente era una paciente de ese mismo piso. No podía permitirse discutir con ella ahí mismo, o de lo contrario alertaría a Dylan.
En un instante, se le ocurrió una idea.
Tomó a la señora del brazo, la alejó unos pasos y le dijo en voz baja:
—La paciente de esa habitación es mi amiga. Trató de quitarse la vida cortándose las venas y ahora está muy inestable emocionalmente. No me atrevo a entrar, así que solo vine a verla a escondidas.
La señora le creyó al instante y suspiró con tristeza.
—¡Ay, Dios mío! ¿Cómo se le ocurre hacer algo así? ¡Nada es más valioso que la vida!
Elara asintió con fingida preocupación.
—Señora, por favor, no le diga que vine. Me aterra que se altere otra vez.
La señora agitó las manos rápidamente.
—No diré nada, te lo prometo. Mi boca es una tumba.
—Gracias. Me voy antes de que me descubra. —Dicho esto, Elara se alejó a paso rápido.
Al regresar a su habitación, le envió los videos a Aurora.
Aurora le respondió que, con las pruebas de los besos y de ellos juntos en la cama, no habría problema en demostrar la infidelidad de Dylan. Pero si lograba conseguir capturas de pantalla de sus conversaciones románticas, el caso estaría más que ganado.
A la tarde siguiente, Elara fue dada de alta y regresó a Solsepia en avión junto con Dylan. No supo cómo él organizó el regreso de Nina, ni le importaba.
En los días posteriores, Dylan se excusó diciendo que los días que pasó en la Capital habían dejado muchos asuntos pendientes en la empresa. Volvió a su rutina de salir temprano, llegar tarde y, a veces, ni siquiera dormir en casa.
Elara sabía perfectamente que, con toda seguridad, estaba acompañando a Nina.
Probablemente sintiendo que no podía ignorarla por completo, después de varios días de andar de fiesta por fuera, Dylan por fin llegó temprano a casa al salir del trabajo.
Aprovechando que Dylan se quedaría a dormir, Elara esperó a que se metiera a la ducha para revisar su teléfono. Encontró el chat con Nina, se reenvió varias capturas de pantalla, borró el rastro de las fotos enviadas, dejó el teléfono exactamente donde estaba y se fue a la habitación de su hija.
Elara estaba recostada en la cabecera, apenas abriendo un libro de medicina, cuando Dylan entró en la habitación.
Llevaba una pijama de seda azul oscuro. Tenía el cabello recién secado, con el flequillo cayéndole desordenado sobre la frente, lo que lo hacía lucir mucho más joven que cuando lo llevaba peinado hacia atrás para el trabajo.
Por un segundo, Elara creyó ver de nuevo al joven universitario brillante y lleno de energía del que se había enamorado. No fue hasta que el inconfundible aroma a gel de ducha invadió sus sentidos que se dio cuenta de que Dylan estaba levantando las sábanas para meterse en la cama.
Rápidamente soltó el libro y sujetó las mantas.
—¿Qué haces?
—Voy a dormir con ustedes dos esta noche.


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