Elara bajó la mirada.
—Su teléfono manda directo al buzón. Debe estar muy ocupado.
Renato frunció levemente su ceño afilado, sacó su teléfono y marcó el número de Dylan. Timbró varias veces antes de que alguien contestara al otro lado.
—¿Renato?
—¿Dónde estás? —La voz de Renato era tan fría que helaba la sangre.
Elara soltó una carcajada amarga en su interior. A ella no le contestaba porque no quería que interrumpiera su momento familiar con Nina y su hijo, ¿verdad?
Pero a Renato no se atrevía a ignorarlo, porque no podía permitirse ofenderlo.
Dylan, ¿cuántas caras ocultas tienes que yo no conozco?
—Estoy fuera en una reunión de negocios. ¿Necesitabas algo? —El tono de Dylan denotaba un profundo respeto.
—Elara y Vali están en el hospital.
—¿Qué les pasó? ¿Por qué están ahí? —preguntó Dylan, sonando desesperado.
El ceño de Renato se hundió un poco más. Sin perder el tiempo en rodeos, escupió unas cuantas palabras gélidas:
—Clínica La Paz. Ven de inmediato. —Y colgó.
Elara no sabía qué había dicho Dylan del otro lado, solo escuchó las tres frases cortas y precisas que había pronunciado Renato. No desperdició ni una sola sílaba; era un hombre de acción, resolutivo e implacable.
Elara no pudo evitar pensar que, si un hombre con ese carácter intervenía en los asuntos de la familia Lucero para respaldar a Dylan, ella perdería la batalla del divorcio, por muchas pruebas que tuviera a su favor.
Por lo tanto, hasta que el divorcio fuera un hecho, él jamás debía enterarse de sus intenciones de separarse.
Pensando en eso, Elara levantó la vista hacia Renato, adoptando una expresión comprensiva, digna de una esposa abnegada.
—No pasa nada, Renato. Seguro Dylan tiene mucho trabajo. Sé que se esfuerza por darnos una vida mejor a Vali y a mí. Lo entiendo perfectamente.
Renato apretó los labios y se le quedó viendo.
Elara se sintió sumamente incómoda bajo esa mirada oscura, profunda e indescifrable. Era imposible leer las emociones que se escondían en sus ojos; nadie podía adivinar qué demonios estaba pensando.
Intentó tantear el terreno:
—Renato, ¿dije algo que te molestó?
La mirada de Renato se mantuvo serena.

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