Amaya Lozano tuvo una aventura de una noche.
Al despertar, el sujeto había desaparecido.
Esto tenía sus ventajas y desventajas. Lo bueno era que no tenía que preocuparse por un acosador; lo malo, que ni siquiera recordaba cómo era el rostro del hombre.
Cosas de adultos, una noche de pasión y cada quien por su lado. No parecía ser el fin del mundo.
Pero ella era diferente.
Le aterraba la idea de morir.
Por eso, a primera hora de la mañana, Amaya se presentó en el hospital para hacerse un panel completo de enfermedades de transmisión sexual.
Presionando un algodón sobre su brazo, con la mirada perdida en el largo pasillo del hospital, intentaba recordar al hombre de anoche. ¿Cuántos años le había dicho que tenía?
¿Dieciocho?
¿O se refería a dieciocho centímetros?
A medida que forzaba la memoria, el dolor de cabeza provocado por la resaca se hacía cada vez más insoportable.
Soltó un suspiro, se levantó para imprimir los resultados en la máquina automática y tomó el papel. Apenas había dado dos pasos con la mirada baja cuando chocó contra un pecho amplio y firme.
Era Liam Campos.
Por azares del destino, ambos habían tenido una cita a ciegas apenas tres días atrás.
Llevaba unas gafas de armazón dorado y un traje oscuro. Irradiaba un aura sombría y contenida, con una frialdad que mantenía a cualquiera a kilómetros de distancia.
Liam se inclinó para recoger la hoja de resultados que había caído al suelo.
—¿Te sientes mal? —preguntó.
Las familias Lozano y Campos eran viejas conocidas. Pero Amaya era la "carga" que su madre había traído consigo al casarse y entrar a la familia Lozano. Nunca había tenido contacto con Liam, por lo que apenas lo conocía.
Solo sabía que era socio del mejor bufete de abogados de Ladera Alta. En el pasado había sido juez, labrándose una fama imponente en el mundo legal, hasta que renunció a su cargo público para ser abogado privado, moviéndose como pez en el agua tanto en la política como en los negocios.
Le sobraba capacidad y poder.
Pero como persona, era tan frío como un fósil del período Cretácico.
—Soy siete años mayor que tú —había sido su primera frase durante aquella cita a ciegas.
—Sí, lo sé —Amaya lo miró directamente. Sus ojos oscuros, grandes y brillantes, no titubearon—. Me lo dijo mi mamá.
Ambos se quedaron en silencio.
—Solo viniste a esta cita para complacer a tu familia, ¿verdad? —Amaya rompió el hielo y añadió—: Eso también me lo dijo mi mamá.
No se le ocurría otra razón por la que un hombre como él aceptaría una cita con ella.
—¿Qué más te han dicho? —el tono de Liam no cambió, pero esbozó una media sonrisa que escondía un escalofrío indescriptible.
Amaya era muy consciente de su realidad.
Que sus familias tuvieran el mismo estatus social no significaba que ellos estuvieran en igualdad de condiciones.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esposa por Contrato, Amante por Deseo