El teléfono sonó durante una eternidad antes de que contestaran, y en el segundo en que escuchó línea, no pudo evitar disparar:
—Alba, ya ganaste esta vez. ¿Por qué diablos no le dices a Claudio Jaramillo que retire la demanda? ¿Qué más quieres?
Se le olvidó por completo que la Alba actual ya no era la misma de antes.
Hubo un largo silencio del otro lado antes de que se escuchara una risa burlona: —Ah.
Y antes de que Mateo pudiera procesarlo, ella añadió: —Veo que se te subió el humo a la cabeza. ¿De verdad te crees el dueño del mundo?
Lo que más le dolió a Mateo fue que, antes de que pudiera responder a la ofensa, ella ya le había colgado el teléfono.
Sintió una punzada en el pecho, casi como un preinfarto.
Marcó el número de inmediato, ¡pero resultó que no había conexión!
—¡Maldita sea, me bloqueó de nuevo!
Furioso, humillado y desesperado por contactarla, tuvo que ir cabizbajo a pedirle el teléfono a otro empleado.
Volvió a marcar.
Llamó cinco veces seguidas y no obtuvo respuesta; a la sexta, justo cuando creía que se cortaría la línea, contestaron lentamente.
Esta vez, Mateo no se atrevió a alzar la voz ni a sonar arrogante.
—Alba, ¿tienes tiempo? Salgamos a charlar un rato.
—Mejor no. Tu grupo y mi empresa ahora son enemigos a muerte. Sería una tragedia que nuestro encuentro terminara en un derramamiento de sangre, ¿no crees?
La voz relajada y sarcástica de Alba sonó por el altavoz; sus palabras dejaban claro que se había deslindado por completo de la familia Moreno.
—No seas exagerada, ¿cómo dices eso? Seguimos siendo familia, después de todo llevas el apellido Moreno.

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