Como el teléfono estaba en altavoz, las palabras de Alba lograron enfurecer a toda la familia una vez más. Isaac fue el primero en gritar:
—¡Alba Moreno! ¿Cómo puedes tener el corazón tan frío y ensañarte así con nosotros? ¡No olvides que te apellidas Moreno, somos una familia!
La sangre llama, ¿cómo podía esa maldita mocosa ser tan insensible y despiadada?
—Eres tan idiota, ¿quién querría ser de tu familia? No te des tanta importancia, ¿entiendes?
La voz de Alba no era alta y su tono era completamente relajado, pero sus palabras destilaban un asco absoluto.
Alguien tan estúpido como él, al que Valeria trataba como a un perro faldero, era una vergüenza familiar. Ser su pariente solo le restaba inteligencia.
Alba estaba convencida de que su carácter y astucia los había heredado de su abuelo, definitivamente no de ese par de padres que le tocaron.
De lo contrario, ella también estaría haciendo fila en el club de mascotas de esa mosquita muerta.
Y luego estaba Pablo, el hombre que siempre hablaba con tacto, aparentando estabilidad emocional, racionalidad e inteligencia.
Pero en el fondo, era otro idiota más; de lo contrario, Valeria no lo tendría también comiendo de su mano.
Alba no negaba que, en el pasado, su relación con Pablo había sido buena y que él solía cuidarla.
Pero ese "cuidado" y ese "lo hago por tu bien" no eran más que lo que él consideraba que era mejor para ella.
Jamás se molestó en preguntarle o pensar realmente si ella quería ese tipo de atenciones.
—En resumen, o pide disculpas públicas o se arrodilla para pedirlas. Ustedes eligen. Si vuelven a llamarme para molestar, no me culpen si les quito hasta esa opción.
Con un tono arrogante, Alba soltó esa frase amenazante y colgó sin dudarlo.
Sus palabras dejaron a los presentes echando humo.

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