La anciana Beatriz por fin intervino, viendo cómo le habían arruinado el buen humor.
Normalmente, cuando Alba y su hija Lana iban a visitarla, el ambiente era de pura alegría y risas.
Un entorno cálido y armonioso. Nada que ver con esa tensión, el sarcasmo y las peleas ocultas que tenían ahora.
La anciana estaba convencida de que Valeria era la que movía los hilos para que la familia de su hijo mayor viviera en un caos constante.
¡No tenían ningún sentido de unidad!
Y Sara, su nuera, era una completa ingenua. Pensaba que la rebeldía de su hija se debía a los años que había estado desaparecida.
¿Cómo no se le ocurría pensar que había algo más oscuro detrás de todo eso?
Al principio, la propia anciana también creyó que Alba se había maleado afuera, y que Valeria era genuinamente bondadosa.
Pero al analizar ciertos detalles en retrospectiva, se dio cuenta de que nada era lo que parecía.
Especialmente después de que Alba curó a Lana, y de que ella misma le salvó la vida al desintoxicarla; eso le demostró lo capaz y decidida que era su nieta.
Solo esos padres ciegos y tontos se dejaban manipular, arrastrando a sus hijos en el proceso.
La anciana Beatriz sentía mucho enojo, pero también veía todo con total claridad.
No es que no quisiera hacerlos entrar en razón, sino que, a su edad, sentía que le faltaban fuerzas para arreglarlo todo.
—Abuela, no estamos peleando. Estamos muy unidos, es normal que discutamos un poco de vez en cuando.
Isaac era el hermano más despistado, sin ninguna malicia y el más fácil de manipular.
Se notaba que había heredado por completo la ingenuidad de Sara.

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