—Prima, lo estoy haciendo para defenderte. ¿Por qué no me apoyas? Buaaa…
Bárbara Jiménez era una chica que decía todo lo que pensaba. No tenía malicia ni segundas intenciones, por lo que ante un par de reproches, se sintió triste y con ganas de llorar.
—No es que no aprecie lo que haces, es solo que los sentimientos no se pueden forzar. Hay que dejar que las cosas sigan su curso.
Silvia Jiménez fingía tomarse el asunto del matrimonio con total tranquilidad.
Consoló a su prima con paciencia. No mostraba prisa, enojo, ni amargura. Su compostura era la de una persona increíblemente madura y dueña de sí misma.
La abuela Jiménez miró a su nieta con profunda admiración. Creía que con esa actitud y ese temple, Silvia estaba destinada a lograr grandes cosas.
La anciana, proveniente de una familia conservadora y fuerte, detestaba los dramas y las conspiraciones baratas.
Admiraba esa actitud digna, ese aplomo de su nieta que le permitía mantener la calma ante cualquier adversidad.
No quería que fuera una mujer resentida ni dependiente.
¡Qué mejor que tomar las riendas de su propia vida sin dejarse atar por los enredos sentimentales de los demás!
—Bárbara, mira a tu prima. Deberías aprender de ella y dejar de alterarte por cualquier pequeñez.
—Ah, está bien —murmuró Bárbara, haciendo un puchero.
Ella no se consideraba escandalosa; simplemente sentía que su prima no merecía ser tratada así.
Sin embargo, apenas la abuela salió de la habitación, la expresión de Silvia cambió por completo.
—Bárbara, tienes que ser más lista para la próxima. Hay cosas que es inútil contarle a la abuela.
—Sí, lo entiendo —respondió Bárbara, asintiendo obedientemente. Siempre confiaba ciegamente en las palabras de su prima.
Luego, sin poder evitarlo, preguntó:
—Entonces, ¿de verdad vamos a dejar en paz a Alba Moreno?
—¿Vamos a dejar que Liam siga viéndose con ella sin hacer nada?
—Nosotras no podemos decidir con quién se junta Liam. Y si intentamos intervenir ahora, solo conseguiremos que se enoje con nosotras.

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