Para su alivio, no presentaba heridas de gravedad, solo algunos raspones superficiales.
Probablemente se los hizo forcejeando con sus captores durante el trayecto.
—Ellos... todavía están cerca —susurró Tamara, con la voz quebrada.
Alba asintió, la ayudó a levantarse y sacó un ungüento de su bolsillo para aplicárselo en los raspones.
Al ser experta en medicina y farmacología, siempre llevaba consigo remedios de primeros auxilios.
Tras tratarla, sus ojos recorrieron el entorno con cautela.
Sabía que los secuestradores podrían emboscarlas en cualquier segundo.
Y justo entonces, varias figuras emergieron de las sombras, rodeándolas por completo.
Aquellos hombres emanaban un aura asesina y empuñaban toda clase de armas afiladas.
—¿Quién los envió? Si me dicen el nombre de su jefe, les pagaré el doble —ofreció Alba, colocando a Tamara a sus espaldas, mientras su cerebro calculaba febrilmente una ruta de escape.
—Nosotros tenemos ética profesional. Olvídate de intentar comprarnos —escupió el líder, sin inmutarse ante el soborno.
—Además, ella no es la única que no va a salir de aquí. Tú también te quedas.
Sin decir más, el cabecilla dio la orden y el grupo se abalanzó sobre Alba.
¡Ya se imaginaba quiénes estaban detrás de todo esto!
Solo que esta vez, los mercenarios eran infinitamente superiores a los sicarios de pacotilla que habían intentado atacarla a ella y a Liam en el pasado.
Esos dos cómplices debieron darse cuenta de que no sería fácil atraparla, así que desembolsaron una fortuna para contratar profesionales de primer nivel.
Y al saber que era imposible acercarse directamente a ella o a Liam, ¡decidieron golpear donde más dolía: en sus seres queridos!
—¡Alba, ten cuidado! —gritó Tamara, angustiada.
Enfrentarse a diez asesinos profesionales mientras protegía a una amiga indefensa, era una tarea titánica incluso para Alba.
¡Luciano Vega!
El muchacho también la reconoció y, sin pensarlo dos veces, se metió en la refriega.
—¡No se preocupen, señoritas, yo me encargo de partirle la cara a estos infelices!
A Luciano siempre le había gustado lucirse y hacerse el héroe frente a las mujeres guapas.
Y ahora, frente a dos bellezas como Alba y Tamara, tenía que dar su mejor espectáculo.
Pero la realidad le dio una bofetada en la cara.
Pronto se dio cuenta de que sus conocimientos de artes marciales eran pura pantalla, inútiles en una pelea a muerte.
Apenas lograba esquivar los golpes, pero si esto duraba diez minutos más, ¡lo iban a dejar como un colador!
—¡Llévate a Tamara primero, yo me encargo de esto! —le ordenó Alba.

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