Liam se quedó atónito por un segundo, pero reaccionó de inmediato y se acercó con el teléfono en mano, encantado de tomarles las fotos.
No solo les tomó varias con muchísima paciencia, sino que las guió como todo un profesional para que cuidaran sus expresiones y posaran desde los mejores ángulos.
Al final, no dejó pasar la oportunidad y le lanzó una indirecta a su madre:
—Ayúdanos a Albita y a mí a tomarnos un par de fotos.
—¡Pero claro que sí!
Doña Susana aceptó encantada, buscó todo tipo de ángulos para fotografiarlos y, de paso, no dudó en regañar a su propio hijo:
—¡Ay, muchacho tonto, acércate un poco más y abrázala por la cintura con la mano derecha!
—¡Pero qué haces! Tienes una expresión tan rígida que cualquiera pensaría que Albita te debe dinero.
Finalmente, logró tomarles varias fotos juntos que no eran excesivamente íntimas, pero que tampoco los hacían ver como dos extraños.
Liam Góngora miraba las fotos en su pantalla, con el corazón rebosante de alegría, por lo que perdonó al instante los gritos que su madre le acababa de dar.
Antes de esto, las únicas fotos que tenían juntos eran las capturas del programa; en aquel entonces no se atrevía a pedirle una foto privada con ropa casual.
Luego, cuando se armó de valor y quiso tomarse una foto con ella, no supo cómo pedírselo.
Tenía pánico de asustarla si era demasiado brusco.
Y ahora, su madre les había tomado un montón de fotos, y habían quedado tan bien que realmente parecían una pareja.
Sí, Liam estaba más que satisfecho.
Tanto, que de inmediato le envió a su madre las fotos que les había tomado a ellas, y le mandó una copia a Alba.
—¡Jaja, quedaron preciosas! Con lo guapos que somos, no hace falta ni usar filtros, nos vemos espectaculares.
Doña Susana miraba la pantalla de su teléfono con una sonrisa de absoluta satisfacción.
Los tres formaban un pequeño mundo propio, ignorando por completo a las personas que estaban a su lado.
¡Bárbara Jiménez estaba atónita, incapaz de procesar que las cosas hubieran tomado ese rumbo!


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