Lamentablemente, Mateo se equivocaba de nuevo.
—Ya lo dejé claro antes: rompí todos mis lazos con la familia Moreno. De ahora en adelante, cada quien por su lado. Si ustedes no me provocan, yo no los molestaré.
Alba lo miró con absoluta frialdad.
¿Acaso esos idiotas pensaban que su renuncia a la familia había sido un berrinche pasajero?
—Y en cuanto al puesto de heredero... si lo quiero, lo tomaré yo misma. Y si no me interesa, tampoco necesito que me lo andes regalando.
Su tono era arrogante e implacable.
Pero tenía todo el derecho de serlo. Tenía el talento y el poder para respaldar su actitud.
Cansada de perder el tiempo, Alba levantó la vista y lo miró fijamente.
—¿Ya puedes irte? Tengo mucho trabajo.
El mensaje era claro: no le interesaba seguir hablando. Aunque le prometiera el sol y las estrellas, no quería escucharlo.
Ante un rechazo tan humillante, hasta el orgullo de Mateo se hizo añicos. No tuvo cara para seguir insistiendo.
Jamás en su vida se había rebajado tanto ni había rogado de esa manera.
Ni siquiera cuando cortejaba a Valentina Navarro, la mujer que más había amado, había mostrado tanta sumisión.
Apretando los dientes, Mateo dio media vuelta y salió de la oficina en silencio.
Al llegar a su propio despacho, ¡estaba tan furioso que de un manotazo tiró todo lo que había en su escritorio al suelo!
No estaba enojado por la arrogancia de su hermana, ¡sino consumido por el arrepentimiento de haberla tratado tan mal en el pasado!
¡Se odiaba a sí mismo!
¡Estaba lleno de remordimientos!
Lamentaba haber sido tan ciego y estúpido. Tenía a una hermana brillante y hermosa, y en lugar de cuidarla y valorarla, la había despreciado.
¡Parecía que le hubieran hecho brujería para idolatrar y malcriar a la hija adoptiva de la familia!

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