Cuando Alba llegó al hospital, encontró a toda la familia Moreno reunida fuera de la habitación.
Isaac fue el primero en verla y le lanzó una pulla venenosa.
—Vaya, la gran celebridad por fin se digna a aparecer.
Alba ni siquiera lo miró y caminó directamente hacia la puerta de la habitación.
Pero Eduardo se interpuso en su camino.
—Tu tía acaba de dormirse, no entres a molestarla.
En ese momento, Mateo se acercó y le tendió un documento de traspaso.
—Hablando claro: firma este contrato y usaremos nuestros contactos para que el profesor Marcelo Silva realice la cirugía.
Alba barrió el contrato con una mirada gélida y una sonrisa sarcástica se dibujó en sus labios.
—¿Aprovechándose de una tragedia?
Ya se lo imaginaba, ¿desde cuándo los Moreno eran tan bondadosos?
Todo había sido una trampa desde el principio.
¡Pero se equivocaban de persona!
Alba tomó el contrato y, frente a los ojos atónitos de todos, lo hizo pedazos con movimientos lentos.
El rostro de Mateo palideció.
—¡Alba! ¿Acaso no entiendes la gravedad de la situación? Si el profesor Silva no la opera, es muy probable que ella...
—¡Cállate! —lo cortó Alba con voz tajante—. Guárdense su hipocresía. Yo me haré cargo de la enfermedad de mi tía. No necesito de su ayuda.
—Alba, deja de ser tan testaruda. Es un asunto de vida o muerte, ¿cómo vas a hacerte cargo tú? Los únicos médicos capaces de realizar esta cirugía no pasan de tres. Ya consultamos con especialistas y los únicos que pueden hacerla son el profesor Silva y la famosa Doctora M, pero ella ha estado desaparecida de la industria por años.
Valeria había investigado a fondo la situación médica para no fallar esta vez.
Conocer al enemigo era la clave para la victoria.
Debido a lo sucedido en el reality show, su reputación había quedado por los suelos.
Por lo que ahora estaba tomando un descanso.
Pero todo había sido culpa de Alba, así que esta vez, estaba decidida a obligarla a escupir las acciones de la empresa.
Según el amor que la familia Moreno le profesaba, estaba segura de que la mayor parte de esas acciones terminarían en sus manos.
Valeria ya lo tenía todo fríamente calculado.
—Albita...
Al ver el rostro pálido y demacrado de su tía, los ojos de Alba se llenaron de lágrimas.
Se acercó rápidamente y le tomó las manos.
—Tía, estoy aquí. Todo va a estar bien.
—Mi niña hermosa... sé muy bien lo que tengo, no necesitas consolarme. Solo preocúpate por estar bien tú —murmuró Lana con un hilo de voz.
En ese momento, Eduardo irrumpió en la habitación, señalando a Alba con indignación.
—Alba, tu tía siempre te dio todo su amor, y ahora que se está muriendo, tú eres la única que puede salvarla. ¡No me digas que vas a dejar que se muera por orgullo!
Antes de que Alba pudiera responder, Lana alzó la voz.
—¡Hermano! ¿Qué barbaridades estás diciendo? ¿Acaso quieres matarme de un coraje?
—Lana, lo hago por tu bien. Esas acciones le pertenecen al Grupo Moreno. Ella ya no tiene nada que ver con la familia, ¿por qué habría de quedárselas?
El pecho de Lana subía y bajaba agitadamente, y un rubor de ira tiñó sus mejillas pálidas.
—¡Hermano! Alba es mi sobrina, es de mi sangre. Esas acciones se las dejó mi padre y no tienen absolutamente nada que ver con ustedes.

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