—Exacto, papá. Escuché que el profesor Marcelo Silva del hospital es uno de los mejores especialistas del país en esa área. Podemos mover nuestras influencias para que él la opere —secundó Mateo.
—Así es, papá. Si nosotros conseguimos al médico que salvará a la tía, podremos usar eso para negociar con Alba. Y entonces, las acciones... —intervino Valeria, quien siempre sabía dar en el clavo.
Eduardo entornó los ojos, sopesando la idea.
—Tienen razón. Me comunicaré con Lana de inmediato para convencerla de que regrese y se trate aquí.
Sara se veía algo preocupada.
—Pero, ¿qué dirá la familia Zamora...?
—¿Los Zamora? —Eduardo soltó una carcajada cargada de desprecio—. Si no fuera por el respaldo del Grupo Moreno durante todos estos años, los Zamora no serían nadie. Y ahora que Lana está enferma, ¡se atreven a ocultárnoslo!
No tardaron mucho en convencer a Lana de regresar.
En el fondo, ella también quería volver. El tumor estaba comprimiendo sus nervios y la situación era crítica; había consultado a varios especialistas en el extranjero, pero ninguno le daba buenas garantías.
Así que Lana quería probar suerte en su tierra natal, y si el destino no estaba de su lado, prefería pasar sus últimos días allí.
Además, deseaba con toda su alma ver a su querida Alba.
Siempre se habían mantenido en contacto, pero la chica tenía la costumbre de contar solo las cosas buenas y guardarse los problemas.
Durante los últimos meses, debido a sus dolores constantes, Lana había hablado muy poco con ella.
Seguramente Alba ya debía estar sospechando algo.
Y así era. Alba tenía un presentimiento amargo en el pecho.
Últimamente era casi imposible comunicarse con su tía; siempre estaba ocupada.
Pero por muy ocupada que estuviera, ¿no tendría cinco minutos para hablar?
Algo andaba mal.
Conociendo a su tía, Alba estaba segura de que se lo ocultaba para no preocuparla.
Esa mañana, al despertar, Alba encontró varias llamadas perdidas en su celular.


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