El grito de Lana hizo que el aire en la habitación se congelara al instante.
—Lana, ¿qué actitud es esa? ¡Todos hacemos esto por tu bien! —exclamó Eduardo Moreno, con el rostro desencajado y la voz temblorosa de ira.
Lana soltó una carcajada amarga, su pálido rostro teñido de un rubor enfermizo.
—¿Por mi bien? ¡Es evidente que quieren usar mi enfermedad para obligar a Alba a entregar sus acciones! Les advierto, aunque me cueste la vida, ¡no permitiré que se salgan con la suya!
Lana ya había perdido toda esperanza en esa familia. Nunca imaginó que pudieran ser tan desalmados.
Al ver la situación, Sara intervino con frialdad:
—Lana, no te alteres, recuerda que estás enferma.
Mateo Moreno también tenía una expresión sombría. Tomó del brazo a Valeria, que estaba a punto de hablar.
—Vámonos, la tía Lana está muy inestable ahora. Hablaremos cuando se calme.
La familia Moreno salió de la habitación de mala gana.
Ya en el pasillo, Eduardo apretó los dientes y gruñó:
—¡Esa Alba no respeta a nadie!
—Papá, no te preocupes —dijo Mateo, con un destello de malicia en los ojos—. ¿No dijo que podía conseguir que la Doctora M operara a la tía Lana? Me gustaría ver de dónde va a sacar a esa doctora.
Sería el momento perfecto para humillarla.
De todos modos, Mateo estaba seguro de que Alba terminaría cediendo. Esa mocosa solo respondía por las buenas, no bajo presión.
Mientras tanto, Alba caminaba a paso rápido hacia el ascensor mientras marcaba el número de Liam Góngora.
—Liam, necesito un favor —dijo yendo directo al grano.
La voz profunda de Liam se escuchó al otro lado de la línea.
—¿De qué se trata?
—Mi tía está en el Hospital Góngora y necesita una cirugía de inmediato. Quiero usar uno de sus quirófanos y su equipo médico.
Hubo un breve silencio en la línea.
—¿Vas a operar tú misma?
¡La operación sería al día siguiente!
A la mañana siguiente.
Alba había descansado toda la noche. Tras arreglarse, se dirigió al hospital.
Como aún era temprano, decidió pasar primero por la habitación para tranquilizar a su tía. Después de todo, una cirugía craneal sonaba aterradora.
Justo cuando llegó a la puerta, escuchó las voces de los Moreno intentando convencer a Lana.
—Lana, deberías hablar con Alba...
—Eduardo, no voy a hablar con ella. Olvídate de esa idea —se escuchó la voz débil de Lana.
—Eres realmente terca —rezongó Eduardo.
Alba entró a la habitación e Isaac soltó una carcajada burlona.
—Alba, eres una persona fría y sin corazón. La tía Lana siempre te quiso tanto, y ahora la dejas morir. ¿Acaso no sabes que el tumor está en una zona de alto riesgo? Un médico común no tiene la capacidad de operarla.
—Lo sé —respondió Alba con total tranquilidad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esposa por contrato: La venganza de la heredera despreciada