—¿Y aun así dices que encontraste a alguien para operarla? Estás jugando con la vida de la tía Lana —la increpó Isaac.
—Así es, Alba. Le mostré los exámenes al profesor Marcelo Silva y ni siquiera él estaba del todo seguro. ¿De dónde vas a sacar a un médico mejor? —añadió Valeria con tono hipócrita.
Alba los ignoró olímpicamente. Caminó directo hacia la cama y tomó la mano de su tía.
—Tía Lana, no te preocupes, la operación de hoy será todo un éxito.
Lana le dedicó una sonrisa cansada.
—Albita, confío en ti.
Al ver la escena, Eduardo soltó una risa sarcástica.
—¿Confiar? ¿Poner tu vida en sus manos? ¡Lana, piénsalo bien!
Lana elevó la voz de repente.
—¡Eduardo! ¡Es mi vida y no necesito que se metan!
Mateo entrecerró los ojos.
—Tía Lana, ¿de verdad crees que Alba puede traer a la Doctora M?
—Sin importar a quién haya traído Albita, estoy dispuesta a intentarlo. De todos modos, ya no me quedaba esperanza. Ya sea que la cirugía funcione o no, es mi decisión y no tiene nada que ver con Albita —declaró Lana con firmeza.
Mateo se volvió hacia Alba y se burló:
—Alba, vas a matar a la tía. La Doctora M es un fantasma, ni siquiera la Asociación Médica Internacional puede contactarla. ¿Qué te hace pensar que tú sí?
Alba esbozó una ligera sonrisa.
—Por el simple hecho de que yo...
Sus palabras fueron interrumpidas por el sonido de la puerta abriéndose de golpe.
Liam Góngora, vestido con un elegante traje oscuro, entró seguido de varios médicos con batas blancas.
—Los preparativos están listos, podemos comenzar —anunció con frialdad, lanzando una mirada de advertencia a la familia Moreno.
Alba asintió, se inclinó y susurró al oído de su tía:
—Tía Lana, confía en mí.
Allí vio a varios médicos que habían venido a observar.
Como el formulario de consentimiento indicaba que la cirujana principal era la Doctora M, muchos cirujanos del hospital habían acudido para presenciarlo. Después de todo, era una oportunidad única para comprobar si realmente era tan brillante como decían los rumores.
Alba se mantuvo serena. Entró a la sala y vio a Lana acostada en la fría mesa de operaciones.
En ese momento, Lana miraba al techo con las manos fuertemente apretadas.
Al escuchar la puerta, Lana giró la cabeza y vio acercarse a un médico con ropa quirúrgica. Tragó saliva con nerviosismo.
En el fondo, no tenía muchas esperanzas; sabía que podía morir allí mismo.
Sin embargo, quería luchar hasta el final y no dejar asuntos pendientes.
Lana ya se había despedido de la familia Zamora y de su hija. Ahora todo estaba en manos del destino.
Justo en ese momento, el médico se acercó y le susurró al oído:
—Tía Lana, soy la Doctora M. Tranquila, cierra los ojos; cuando despiertes, todo habrá terminado.
Al reconocer la voz, Lana abrió los ojos de par en par.

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