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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 17

Al salir del patio Invierno, Yolanda se sintió como si le hubieran quitado un peso de encima. Apenas se estaba estirando cuando vio una sombra escondiéndose entre los arbustos. Fingió agacharse para sobarse la rodilla y luego se levantó como si nada, caminando hacia el puente del pasillo.

En cuanto Yolanda cruzó el puente de madera, Ernesto salió despacio de entre las sombras de los árboles.

El anciano, preocupado por la situación, le había ordenado que la siguiera a escondidas. Ernesto había estado afuera de la habitación todo el tiempo y escuchó la plática a la perfección.

Si todo lo que la señorita Aguirre acababa de decir era cierto, alguien iba a tener que poner orden en el jardín de Caballo.

Con eso en mente, Ernesto reanudó su sigiloso seguimiento.

***

Afuera del jardín de Caballo, Claudia esperaba con el alma en un hilo, estirando el cuello para ver si llegaba. En cuanto divisó a Yolanda a lo lejos, corrió hacia ella desesperada.

—Yolanda, ¿cómo te fue? ¿Qué te dijo Carmen? ¿Ya te perdonó?

Yolanda echó un vistazo hacia atrás, con expresión tranquila.

—Mamá, ¿mejor entramos para platicar?

Claudia apenas se dio cuenta de que seguían afuera y fingió ser de lo más atenta.

—Claro que sí, mija. Hasta te preparé la bebida dulce de azahar que tanto te gusta, como la hacían en Rosarito.

El jardín de Caballo era uno de los cuatro recintos principales de Villa Castillo. Entre el patio delantero y el trasero sumaban casi dos mil metros cuadrados. Cuando Yolanda se mudó, el abuelo gastó una fortuna en construirle una habitación en la planta alta con una terraza espectacular. El patio de enfrente estaba repleto de hermosas enredaderas de rosas de todos colores y, como estaban en plena temporada de calor, las flores habían brotado por todas partes, haciendo que todo el jardín tenía un aire irreal, casi perfecto.

Nada más entrar al jardín, Valeria salió de debajo de una enramada con un vaso de agua fresca en las manos.

—Hermana.

Yolanda pasó de largo, ignorándola por completo y con el rostro inexpresivo. Ese desprecio tan evidente tomó a Valeria por sorpresa y la dejó helada en su lugar.

Claudia entró corriendo detrás de ella, paseó la mirada entre las dos y soltó una risita para calmar las aguas.

—Yolanda, fíjate nomás qué linda es tu hermana, hasta te estaba esperando con tu bebida para que tomaran juntas. —Mientras hablaba, tomó a Valeria del brazo con total naturalidad y la acercó—. Valeria se enteró de que fuiste a ver a Carmen y estaba muy preocupada por ti.

Valeria observó a Yolanda de reojo.

—Hermana, ¿no te hizo nada malo Carmen?

Yolanda negó con la cabeza, como si no fuera la gran cosa.

—No, nada más me hizo humillarme y rogarle perdón de rodillas.

Al escuchar eso, a Claudia y a Valeria se les fue el color del rostro. Ambas sospechaban que la caprichosa señorita Torres no se iba a quedar de brazos cruzados, pero nunca se imaginaron que fuera a llegar a esos extremos.

Valeria no supo qué responder y volteó a ver a Claudia en busca de ayuda.

Claudia puso una expresión tensa. Dudó un buen rato antes de atreverse a preguntar:

—¿Y entonces?

—Pues me arrodillé —respondió Yolanda.

Claudia soltó un suspiro de alivio. Viéndolo así, al menos por ahora no tenían que preocuparse de que las corrieran de la familia Castillo.

—Ay, Yolanda, pasaste por un trago muy amargo —dijo Claudia mientras le quitaba el vaso a Valeria para dárselo a su hija mayor con fingida lástima.

Yolanda tomó la bebida y sonrió.

—Para nada, somos familia. Entre familia no hay sacrificios que valgan, ¿verdad?

A Claudia se le iluminó el rostro al instante y sus siguientes palabras sonaron un poco más sinceras:

—Ay, eres un ángel, mija.

Valeria frunció el ceño, y en sus ojos de niña buena cruzó un destello de asco. El favoritismo de su madre siempre había sido exclusivo para ella; aunque sabía que solo estaba tratando de calmar a su hermana, ver aquella escena le revolvió el estómago.

—Ya ves, Yolanda, tu hermanita ya reconoció su error. Perdónala por esta vez, ¿sí?

Yolanda asintió.

—Si tú me lo pides, mamá, claro que la perdono. El problema es que ahorita nada más de verla me acuerdo de la humillada que me di. Por ahora no tengo ganas de hablar con ella, y mucho menos quiero compartir el cuarto con ella.

Valeria no se imaginaba que Yolanda se pondría tan difícil, y sin poder aguantarse las ganas, levantó la vista y le echó una mirada fulminante.

Yolanda, que la estaba cazando, levantó la mano con total flojera y señaló:

—Mira, mamá, todavía me está echando pleito con la mirada.

A Valeria no le salieron las palabras. Como aún estaba chica, sus dotes para hacerse la mosca muerta todavía necesitaban pulirse. Al no saber cómo salir del apuro, el rencor en su mirada se hizo aún más evidente.

Claudia endureció la expresión.

—Valeria, ¿qué te pasa? —En realidad le daba igual si trataba mal a Yolanda, lo que le molestaba era que, después de tanto enseñarle, la niña no supiera ni siquiera esconder sus emociones.

Valeria, sintiendo que la situación era muy injusta, abrazó a Claudia haciendo berrinche.

—¡Mamá, ese también es mi cuarto! ¿Con qué derecho me quiere correr?

Yolanda se cruzó de brazos.

—¿Tu cuarto?

La preciosa recámara en el jardín de Caballo se la había mandado a construir el abuelo exclusivamente a ella; era su regalo de bienvenida a la casa. ¿Desde cuándo había pasado a ser la habitación de Valeria?

—¡Ah, perfecto! —Yolanda se levantó de golpe—. Si te vas a poner en esas, ¿qué te parece si vamos con el abuelo para ver qué opina?

***

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