—¿Pedirme perdón a mí?
Como era de esperarse, Carmen reaccionó de inmediato al escuchar eso. Sin embargo, como Yolanda ya se la había jugado tantas veces en el pasado, se puso a la defensiva y le lanzó una mirada de desconfianza.
—¿Ahora qué truco te traes entre manos?
Yolanda negó con la cabeza y le respondió con un tono de lo más sincero:
—No es ningún truco. Si te empujé fue porque mi hermana me dijo que tú la habías tirado al estanque la última vez. Me rogó que la vengara y, como insistió tanto, no me quedó de otra más que empujarte.
El ambiente se volvió pesado de repente.
Carmen estalló de coraje.
—¡Valeria es una mentirosa! Esa vez se cayó sola, ¡yo no tuve nada que ver!
Valentina levantó la mano para calmar a Carmen y clavó su mirada en Yolanda, analizándola.
—O sea que empujaste a Carmen para vengar a tu hermana, ¿es eso?
Yolanda ya había ensayado su respuesta, así que contestó sin titubear:
—Sí. Mi hermana dice que Carmen siempre la molesta y que le da miedo. Además, mi mamá siempre me dice que, como soy la hermana mayor, debo protegerla. Creí que tenían razón, por eso aproveché cuando Carmen subía las escaleras y la empujé. Perdóname, Carmen.
Carmen apenas asimiló lo que acababa de escuchar y la miró como si estuviera viendo a una completa idiota.
—¿Estás mal de la cabeza o qué? Tu hermana es una hipócrita y tu mamá tiene dos caras. ¡Nadie en su sano juicio les creería! De toda tu familia, tú eres la más bruta. ¡No manches, estás pero si bien mensa! Te ven la cara de tonta y todavía les das las gracias.
Yolanda esbozó una media sonrisa. Era evidente que Carmen seguía teniendo la mecha corta de siempre.
Valentina volvió a levantar la mano para frenar a su hija y habló con tono neutro:
—¿Escuchaste lo que dijo mi hija?
Yolanda asintió, manteniéndose impasible.
—Sí, la escuché.
Para cualquiera que lo viera desde fuera, parecía que no quería admitir que su madre y su hermana estaban equivocadas, pero tampoco quería llevarle la contraria a Carmen para evitar otra pelea, así que se limitó a escuchar.
Carmen nunca había visto a alguien tan despistada. Se puso las manos en la cintura y puso los ojos en blanco, tan frustrada que hasta se le trababa la lengua para insultarla.
Valentina también notó que la chica no era muy brillante. Además, después de salir del jardín, había estado pensando mucho. Si el abuelo protegía tanto a esa muchacha, debía tener sus razones. Como su hija, no valía la pena causarle disgustos al anciano por un pleito sin importancia.
Pensando en eso, Valentina suavizó un poco su expresión.
—¿Dijiste que venías a pedir perdón?
Yolanda levantó la vista hacia Valentina y asintió.
—Sí. El abuelo dijo que si Carmen no me perdonaba, nos iba a correr a mi mamá y a mí de Villa Castillo. Mi mamá dice que si nos vamos de aquí no tendremos cómo salir adelante, así que me mandó a suplicarle y a humillarme si hacía falta, con tal de que Carmen quedara contenta.
Valentina frunció el ceño. ¿Qué clase de madre le enseñaba eso a su hija?
Carmen seguía echando chispas y soltó una risa burlona.
—Órale, pues. ¿No que le haces mucho caso a tu mamá? Entonces ponte de pie frente a mí, baja la cabeza y pídeme perdón como se debe; solo así te voy a perdonar.
Yolanda levantó la vista para mirar a Valentina y a doña Martina.

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