¿Dónde estaba?
Una oscuridad absoluta en la que flotaban diminutos destellos de luz verde.
Yolanda estiró la mano para tocarlos, pero las luces se transformaron de inmediato en un haz brillante que tomó la forma de un libro envuelto en enredaderas verdes.
El libro emitía un resplandor fantasmal; era colosal, alzándose ante ella como una puerta hacia el cielo. Las finas lianas se extendían en todas direcciones, moviéndose como algas en las profundidades del mar.
[Mundo de la Trama]
Yolanda dio un respingo hacia atrás, erizándose como un gato al que le acaban de pisar la cola.
Librito se lo había advertido: si su conciencia se conectaba con el [Mundo de la Trama], su rol se afianzaría. Le había costado muchísimo trabajo volver al pasado, de ninguna manera dejaría que la convirtieran otra vez en una marioneta.
—¡Desaparece de una buena vez! No creas que me vas a controlar —le gritó al libro, levantando la barbilla con actitud desafiante.
Dicho y hecho, la imponente puerta celestial se deshizo al instante en un enjambre de luciérnagas verdes que se desvanecieron en la oscuridad.
¿Tan obediente?
Yolanda miró los restos de luz con suma desconfianza.
—¿Librito? ¿Eres tú el que está haciendo estas jaladas? ¡Librito! ¡Da la cara!
Lo que siguió fue todavía más raro. En cuanto pronunció la última palabra, las luces volvieron a juntarse y el [Mundo de la Trama] apareció frente a sus ojos una vez más.
¿Qué demonios?
¿A poco esta cosa funcionaba con comandos de voz?
Mientras Yolanda seguía sin entender nada, el [Mundo de la Trama] se transformó en polvo de estrellas y se disipó en la nada.
—Yolanda... Yolanda...
¿Quién? ¿Quién le hablaba? Yolanda abrió los ojos poco a poco. La luz de la mañana le caló un poco, y al parpadear, la cara de Claudia apareció en su campo de visión.
Se sacudió el letargo y se sentó de golpe en la cama.
Claudia se llevó un buen susto por su reacción y se tocó el pecho.
—¿Te espanté?
Yolanda, todavía con el corazón a mil por hora, echó un vistazo a su alrededor a la defensiva. Fue entonces cuando recordó que había viajado al pasado y que ahora apenas tenía doce años.
Claudia se tragó su irritación y forzó una sonrisa.
—Yolanda, apúrate a arreglarte. Ernesto vino a avisarnos que tu abuelo quiere a todos en el patio delantero.

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