A Elisa se le cayó la cara de vergüenza, no tenía cómo disimularlo. Pero tampoco estaba en posición de rechazar aquel salvavidas, así que agachó la cabeza y aceptó.
—¡Órale, ya llegaron todos! —En ese momento, Valentina entró a la sala principal con paso firme en sus tacones de diseñador, llevando a Carmen de la mano.
—Carmen, ven para que te vea tu tío —dijo Marco, haciéndole señas con una sonrisa. Carmen volteó a ver a su mamá y, al ver que Valentina asentía, corrió hacia ellos con una sonrisa—. Tío Carlos, tío Marco.
Valentina echó un vistazo hacia donde estaban Héctor y Elisa, con un tono de ligero regaño:
—¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? Sigues sin modales. ¿No ves a tu tío Héctor y a tu tía ahí sentados? ¿Por qué no los saludas?
—Ah. —Carmen se dio la media vuelta y asintió levemente con la cabeza—. Tío Héctor, tía Elisa.
Elisa hizo como que no notaba la mala gana de la niña y asintió con una sonrisa.
—Qué linda. —Pero enseguida la barrió con una mirada cargada de prejuicio.
Al ser una reunión familiar, Valentina la había obligado a desmaquillarse esa plasta de sombra negra que siempre traía, pero no le había dado tiempo de arreglarle el cabello. Con esos mechones teñidos de rosa y verde, daba una facha de rebelde sin causa.
Carmen no era ninguna tonta; la escaneada de Elisa le cayó en la punta del hígado. Sintiendo que le faltaban al respeto, borró su sonrisa y se cruzó de brazos a un lado.
Valentina se dio cuenta de todo, pero esta vez no hizo ningún comentario, solo le dio unas palmaditas en la espalda para que se pusiera derecha.
Cuando Yolanda y Claudia entraron a la sala, todos los Castillo ya estaban ahí.
Claudia entró con la misma timidez pueblerina de siempre, sintiéndose fuera de lugar.
—Buenos días a todos.
Los Castillo habían nacido en cuna de oro y estaban malacostumbrados a sentirse los dueños del mundo. Para ellos, Yolanda y Claudia valían lo mismo que cualquier perro o gato callejero que su abuelo hubiera recogido. Apenas les echaron una mirada de reojo y las ignoraron.
Aquella indiferencia hizo que Claudia se sintiera todavía más cohibida. Agachó la cabeza, jaló a Yolanda y a Valeria, y buscó los asientos más arrinconados para sentarse.
Yolanda disimuló y echó un vistazo a toda la sala. Esos Castillo seguían igual de alzados que siempre.
Elisa arrugó la nariz con burla.

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