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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 32

Tampoco se atrevió a pasarse de lista, así que eligió un asiento un poco alejado.

Aunque estaba en una esquina, con el simple hecho de estar en la misma sala íntima que los señores y señoritas de la familia Castillo, Claudia ya se daba por bien servida.

Los más jóvenes permanecieron de pie.

Yolanda sostenía su peluche de lobo feroz debajo del brazo mientras agarraba su tacita con una mano y comía con la otra.

—Ridícula, nada más quieres llamar la atención —murmuró Carmen, a quien Yolanda ya le había vuelto a caer mal.

A Yolanda le valió; agarró un pedazo de pan y se lo ofreció.

—Ten, te invito.

Carmen puso cara de asco y quiso rechazarlo, pero por alguna razón, terminó abriendo la boca y dándole una mordida al pan.

Ambas se quedaron en un silencio algo extraño.

Viéndolas así, juntas y compartiendo comida, cualquiera pensaría que eran las mejores amigas.

Al ver esto, Valeria, que estaba a un lado, sintió que la sangre le hervía del coraje.

Del otro lado, el patriarca sostenía su taza, con los ojos medio cerrados.

—Renato, diles a todos a qué venimos.

Renato asintió y volteó hacia Víctor.

—Víctor, acércate.

Hasta ese momento, los demás se dieron cuenta de que había un joven detrás de Ernesto.

Víctor dio un paso al frente.

Carmen se sorprendió tanto que escupió las migajas del pan.

—¡No manches! ¡Está guapísimo!

Yolanda bajó la cabeza para limpiarse las migajas que le habían caído en la cara.

Al ver los restos en su plato, se le quitó el hambre de golpe.

—Les presento a mi hijo, Víctor —dijo Renato.

¡El comentario dejó a todos con la boca abierta!

Carlos ni siquiera pudo quedarse sentado y saltó de la silla.

—Oye, Renato, ¿es una broma?

Todos los presentes eran gente astuta.

Que a Renato le apareciera un hijo de la nada solo podía significar una cosa: era producto de una aventura.

—¿A qué viene tanto alboroto? —Andrés golpeó el suelo con su bastón.

—Buen muchacho. Ahora ve a saludar a tus tíos.

Ernesto sostenía una bandeja con seis tazas calientes.

Siguiendo el orden de edades, empezó con Héctor.

Con la presencia de Andrés, nadie se atrevió a demostrar sus verdaderas intenciones.

Todos eran listos; si el patriarca los había reunido a todos para soltarles la bomba, significaba que Víctor ya contaba con el respaldo de la familia.

Presentarlo de esta manera no era solo para que lo conocieran, sino una advertencia: al aceptar la taza, también aceptaban su responsabilidad como tíos.

Ernesto le pasó una taza a Víctor para guiarlo.

—Señor Héctor.

Víctor inclinó la cabeza y le ofreció la taza.

—Tío, por favor.

—Claro —Héctor asintió con una sonrisa, pero justo cuando iba a agarrarla, un grito enfurecido y totalmente fuera de lugar retumbó en la sala.

—¡¿Con qué derecho entra a la casa de los Castillo un simple hijo bastardo?!

Yolanda, sin perder la calma, sacudió las migajas de su platito, agarró otro pedazo limpio y se lo metió a la boca.

Y siguió comiendo...

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