En cuanto el eco de esas palabras se desvaneció, una mujer irrumpió en la sala.
Renato frunció el ceño y le lanzó una advertencia en tono glacial:
—No hagas un escándalo frente a mi padre.
La mujer no era otra que Camila, la esposa legítima de Renato y la verdadera autora intelectual del incendio en San José.
Haciendo caso omiso a la advertencia de su marido, se acercó furiosa, con la mirada desquiciada, le arrebató una de las tazas calientes a Ernesto y se la arrojó a Víctor directo a la cara.
—¡Maldito bastardo! ¡Mientras yo viva, jamás pondrás un pie en esta familia!
—¡Ah!
—El líquido hirviendo le dio de lleno a Víctor, pero él ni se inmutó. En cambio, unas gotas salpicaron la pierna de Elisa, quien soltó un grito del susto.
Héctor miró primero a Andrés antes de levantarse para quitarle la taza a Camila.
—Camila, tranquilízate.
La familia de Carlos hizo lo mismo: primero buscaron la reacción del patriarca.
Al ver que el rostro de Andrés estaba inescrutable, supieron que la situación se había salido de control y se levantaron rápido para fingir que intentaban detener a Camila.
Marco, el quinto hermano, tenía mucha fuerza y no se anduvo con rodeos, jalándola con tanta brusquedad que por poco la tira al suelo.
—¡Sí, cuñada, ¿qué te pasa?! Mi papá está aquí presente, ¿a quién le quieres faltar al respeto?
Camila estaba fuera de sí y no escuchaba razones.
—¡Ah, claro! ¿Así es como la familia Castillo humilla a la gente? ¡Corren a mi hijo y ahora quieren meter a este bastardo! ¡¿A quién intentan pisotear?! ¡Suéltenme! Si hoy no me dan una explicación, juro que voy a destruir a todos, así me hunda con ustedes.
A Renato le palpitó la sien; estaba temblando del coraje.
Yolanda, sosteniendo su pan, observaba con detalle a cada uno de los presentes, buscando alguna pista en sus movimientos o miradas, pero desgraciadamente no encontró nada útil.
Luego volteó a ver a Víctor.
Desde que le echaron el líquido caliente en la cara, se había quedado quieto, mirando hacia abajo.
Tenía la oreja tan roja que parecía a punto de sangrar, y las gotas caían lentamente desde la punta de su afilada nariz.
No, no estaba completamente quieto.
Yolanda se fijó bien y notó que Víctor tenía un pie ligeramente apoyado frente al otro, en posición para levantarse.
Era obvio que se resistía a agachar la cabeza ante Camila, pero aun así, se había obligado a soportar la humillación.
Ahora que lo veía bien, su postura era impecable, como si la hubiera calculado perfectamente para darle una escena dramática al abuelo.

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