Después de lo que acababa de pasar, todos se cuidaban de Claudia. Aunque el segundo plato fue mucho más difícil de tragar que el primero, al final lograron pasárselo sin mayores incidentes.
Cuando dejó su plato limpio, Renato fue el primero en levantarse. Puso una sonrisa de cortesía.
—Una disculpa a todos. Hoy la culpa fue mía. La próxima vez yo invito la comida para compensarlos. Con permiso, me retiro.
Al escucharlo, los demás también se levantaron.
—No exageres, hermano —dijo Carlos—. Somos familia, no hace falta que seas tan formal.
Renato asintió, miró de reojo a Camila y salió del comedor. Camila tenía el estómago revuelto después de tomarse dos platos de sesos crudos; ni siquiera le importó despedirse de los demás y salió corriendo detrás de él.
—¡Renato! ¡Renato, espérate! ¡A ver, explícame esto! —le reclamó Camila hecha una furia en cuanto salieron al pasillo—. ¿Te volviste loco? ¡¿Cómo se te ocurre reconocer a ese bastardo?! Tú...
—¡Cállate la boca! —gruñó Renato, que ya no soportaba más.
—¡¿Todavía me mandas callar?! Renato, es el puesto de senador. ¡¿Los Castillo nomás lo van a dejar ir así como así?! ¿En qué posición me dejas a mí y a mi familia?
A Renato se le marcó una vena en la sien y su rostro se endureció de golpe.
Camila se quedó pasmada y sintió un poco de miedo.
—¿De verdad vas a renunciar a todo ese poder? Mi hermano...
—Si no te pones las pilas ahorita mismo, no me va a importar protagonizar un escándalo de divorcio —la cortó él.
Camila abrió los ojos como platos y lo miró sin poder creerlo.
—¿Qué dijiste? ¿Te vas a divorciar de mí? Tu padre no lo permi... —Se calló de golpe. Algo hizo clic en su cabeza y un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Renato soltó una risa seca y dio media vuelta para salir del pasillo.
La familia Mendoza sí que sabía mover sus fichas. Si no fuera por su padre, él casi habría caído redondito en su trampa.
Por otro lado, Elisa y Héctor intercambiaron un par de bromas con los demás antes de salir juntos del comedor. Al ver que Renato y Camila se alejaban echando chispas, ambos disminuyeron el paso, entendiéndose sin necesidad de palabras.
Hasta que perdieron de vista a Camila, Elisa por fin habló:
—¿Qué crees que esté pensando mi papá? Cualquier familia con algo de poder tiene sus trapos sucios. ¿Por qué hizo tanto coraje esta vez?

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