Al mediodía, todos pasaron al comedor. Todos tenían una expresión sombría, como si estuvieran a punto de ir a la guerra. Incluso Marco, que siempre estaba bromeando, tenía una expresión de amargura.
La posición de Claudia era incómoda. No tenía de qué hablar con nadie, así que trató de pasar desapercibida y se quedó hasta atrás. Aun así, era la primera vez, fuera de las fiestas de fin de año, que iba a comer en la misma mesa que los Castillo. Pensarlo la emocionaba un poco; tenía que portarse a la altura una vez que se sentaran.
La Villa Castillo tenía dos comedores: un salón de banquetes privados con capacidad para doscientas o trescientas personas, y el comedor de uso diario, aunque este último fácilmente podía acomodar a cincuenta o sesenta personas.
Las empleadas ya habían servido la comida. Al ver entrar a los señores de la casa, se apresuraron a acomodarles las sillas para que tomaran asiento.
Claudia dio un respiro profundo, contuvo su emoción y se sentó fingiendo total naturalidad.
Una vez que todos estuvieron en la mesa, Ernesto entró al comedor.
—Familia, el patrón no se siente bien. Me pidió que les avisara que, en cuanto terminen de comer, cada quien puede retirarse.
Al escuchar eso, todos soltaron un suspiro de alivio.
Después de dar el mensaje, Ernesto volvió a salir. Todos intercambiaron miradas y, con expresiones de resignación, destaparon los platos hondos que tenían enfrente.
Esa reacción era bastante rara. Claudia estaba confundida, pero no le quedó de otra que seguirles la corriente. En el instante en que destapó su plato, la emoción que sentía desapareció por completo al sentir un olor a sangre y a óxido.
No pudo aguantarse. Claudia se tapó la boca y volteó la cara, a punto de vomitar.
¿Qué era eso? En un caldo pálido y desabrido flotaban unos sesos de cerdo blanquecinos, completamente limpios de grasa.
¡No manches!
¡Estaban crudos!
Claudia, en estado de shock, se tapó la boca y miró a los demás en la mesa.
Los Castillo no parecían sorprendidos. Aunque a nadie le gustaba ese sabor, después de tantos años de tortura, habían desarrollado cierta resistencia. Sin decir una sola palabra, empezaron a comer. Eso sí, el olor era tan fuerte que casi todos batallaban para tragar.
Se hizo un silencio denso en el comedor.
Claudia no quería hacer un oso, así que se aguantó las ganas de vomitar y tomó una pequeña cucharada. En cuanto se la metió a la boca, casi la escupe.

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