Claudia tenía las manos heladas y el rostro pálido.
Valeria se quedó con la mente en blanco. Si sus compañeros de la escuela se enteraban de que los Castillo la habían echado, seguro dejarían de hablarle.
Una vez que todos se fueron, estaba claro que no podrían quedarse en Villa Caballo por el momento. Andrés le habló a Yolanda con voz suave:
—¿Por qué no te mudas a la casa principal conmigo unos días? Una vez que todo esté arreglado, te llevaré a Los Laureles.
Era justo lo que Yolanda quería, así que asintió con entusiasmo.
Andrés se levantó, le lanzó una mirada de reojo a Claudia y guio a Yolanda hacia la puerta.
—¡Don Andrés! —rogó Claudia con expresión llorosa, mirando a Yolanda con desesperación—. ¿Me permite hablar a solas con Yolanda un momento?
Andrés dudó un poco.
—Don Andrés, tiene toda la razón en regañarme —continuó Claudia—. Fui una tonta con lo que pasó antes. Pero al fin y al cabo, Yolanda es mi hija y está a punto de irse a Los Laureles. Por favor, déjeme darle unas últimas recomendaciones.
Andrés bajó la mirada hacia Yolanda, y ella asintió.
—Te espero afuera.
Andrés fue el primero en salir de la habitación. Claudia le dio una palmada en el hombro a Valeria.
—Valeria, sal tú también.
Valeria se sorprendió un poco; no le hacía gracia, pero tampoco se atrevió a desobedecer.
Pronto, solo quedaron Claudia y Yolanda en la habitación.
Yolanda actuaba como si nada hubiera pasado.
—¿Qué me quieres decir?
Claudia endureció el rostro y la examinó de pies a cabeza. Vaya que la había subestimado; todavía tenía el descaro de sonreír en un momento así.

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