—¡Ptu, ptu, ptu! —Carmen escupía el lodo desesperada—. ¡Víctor! ¿Lo hiciste a propósito?
—No —respondió él con un tono sumamente tranquilo—. Fue coincidencia.
Carmen volteó a ver a Yolanda, furiosa.
—¡Dile algo! Tú viste lo que hizo, ¡me está molestando!
Yolanda miró los dientes llenos de tierra negra de Carmen y sintió que no había palabras para describir la escena.
Unos minutos después, los tres aparecieron frente a Andrés cargando una langosta azul de más de tres kilos cubierta de arena y lodo. Andrés soltó una carcajada y se incorporó en su silla de bambú.
—Vaya, ya encontraron el tesoro que les escondí. ¿Qué tal? ¿Se divirtieron?
Carmen corrió a colgarse de Andrés con una familiaridad total.
—¡Abuelo, yo la encontré primero!
Andrés pegó un brinco, pero ya era muy tarde para esquivarla; su playera blanca quedó marcada con las garras llenas de lodo de Carmen.
Carmen puso cara de víctima y señaló a Víctor para acusarlo.
—Abuelo, él se portó muy mal conmigo. Mira cómo me dejó la cara de puerca, pregúntale a Yolanda si no me crees.
Yolanda asintió rápidamente para darle la razón.
—Sí, abuelo, no es una buena persona.
Víctor enarcó una ceja y observó a Yolanda con disimulo. Que Carmen no lo soportara era lógico, al fin y al cabo pertenecía a otra rama de la familia; pero ¿por qué la chaparra se ponía en su contra?
Por supuesto, Andrés no le dio ninguna importancia a un comentario tan infantil. Para calmar a Carmen y a Yolanda, fingió regañar a Víctor con la mirada.
—A ver, Víctor, tus dos primas terminaron hechas un desastre, se nota que no las cuidaste bien. De castigo, tú te vas a encargar de hacernos la cena hoy. Vas a asar esta langosta.
Aquello no era un castigo, era más bien un simple trámite.
Víctor asintió sin decir más.
—Pero abuelo... —intentó decir Carmen.

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