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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 60

Carmen sintió celos y empezó a retorcer el borde de su blusa.

—Qué barbaridad con mi abuelo, ¿por qué trata tan bien a ese bastardo? ¿Para cuándo va a regresar Javier? Si esto sigue así, estos arrimados nos van a robar su cariño.

Yolanda la miró de reojo.

—¿Estos?

Carmen andaba repartiendo coraje parejo y se le fue encima.

—¡Ni te emociones! Te lo advierto, al que más consiente el abuelo en esta familia es a Javier. Ya mero regresa, y cuando esté aquí, todos ustedes van a salir sobrando.

—Sí, sí, lo que tú digas.

El coraje de Carmen se encendió aún más.

—¿Qué insinúas, Yolanda? Te lo dejo muy clarito: más les vale a ti y a tu insoportable madre que dejen de andar de encajosas con Javier. Él va a ser el jefe de la familia Castillo y jamás se fijaría en unas muertas de hambre como ustedes.

Yolanda se detuvo en seco y miró fijamente a Carmen. Sus ojos, que normalmente brillaban con una alegría contagiosa, ahora mostraban una frialdad seca y amenazante.

—Puedes dormir en paz. En esta vida no pienso volver a tener absolutamente nada que ver con Javier.

Carmen se quedó pasmada por un momento. Para cuando reaccionó, Yolanda ya se había dado la vuelta y seguía caminando.

Pero... ¿qué onda con esa mirada de hace rato? ¿De verdad se había dejado intimidar por una simple mirada de Yolanda? Al darse cuenta, Carmen sintió que no podía quedarse de brazos cruzados y corrió tras ella.

—¡Pues más te vale cumplirlo! A ver si es cierto, no vaya a ser que tu madrecita te ordene algo y ahí vayas de arrastrada a obedecerla.

Yolanda frunció el ceño y se detuvo otra vez.

—A ver, Carmen, ¿qué fregados quieres decir?

Carmen levantó la barbilla, retadora.

—¡Abuelo!

Evidentemente, la persona que caminaba delante de ella no compartía el sentimiento.

Yolanda llegó brincando a la plataforma de madera, se agarró del brazo del anciano y le hizo señas a Carmen con un entusiasmo desbordante.

—¡Carmen, córrele! ¡Ya quita esa cara! Esta langosta está más gorda que tu pierna, seguro está buenísima.

Al verla portarse tan madura y sensata, el abuelo se sintió muy aliviado y asintió para apoyarla.

—¡Sí, sí, ándale!

Carmen la miraba con cara de terror. ¡Ay, cabrón! ¿Desde cuándo esta muerta de hambre era tan doble cara?

La mirada de Víctor se posó en el rostro de Yolanda por un instante y la comisura de sus labios tembló levemente. Al parecer, el odio que le tenían a él como enemigo en común no era suficiente. El pobre abuelo había hecho todo ese teatro para nada.

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