Yolanda durmió como un bebé. A la mañana siguiente se levantó con toda la energía, desayunó y sacó a pasear a Pobrecito por el jardín.
Gracias a que era el consentido de su nueva dueña, el pequeño reptil vivía como rey: traía puesto un vestidito rosa con volantes que Paula le había cosido a mano y estaba tomando el sol junto al estanque.
En cuanto Víctor entró al jardín, vio a la chaparrita y a su tortuga meciéndose en la silla de la sala principal. Se veían más relajados que un jubilado en domingo.
—Pobrecito, ¿te pega muy fuerte el sol? ¿Quieres que te ponga una sombrilla? —preguntó Yolanda.
La tortuguita estiró el cuello.
Yolanda sacó de inmediato un bloqueador solar de su bolsa.
—El sol de la mañana está muy bravo, mejor te pongo un poquito de crema.
Víctor se quedó mudo al ver la escena.
La tortuga pareció negarse, encogiendo la cabeza y las patas dentro de su caparazón. Sin dudarlo, Yolanda se echó una gotita de bloqueador en la mano, la frotó para calentarla y empezó a untársela con cuidado a la concha del animal.
—Tranquilo, así no te vas a quemar. Hoy es un día lleno de amor. Pobrecito, ¿puedes sentir cuánto te quiero?
Víctor sintió un escalofrío recorrerle la espalda de la nada, dándole un profundo reparo.
Andrés terminó de desayunar y salió del patio interior. Al ver a Víctor parado en la sala con una maceta de rosas en los brazos, lo saludó con la mano.
—Víctor, qué milagro, ¿tan temprano por aquí?
Yolanda levantó la vista y se encontró con la mirada de Víctor. Antes de que ella pudiera reaccionar, él apartó la vista con indiferencia y esbozó una sonrisa tan amable que parecía inofensivo.
—Abuelo.
Yolanda hizo una mueca de fastidio, restándole importancia. Se puso otro poco de bloqueador y siguió untándoselo en su propia cara.
Andrés cruzó el pasillo hasta la sala principal. Miró a los dos jóvenes y, notando la tensión, prefirió no decir nada. Señaló la planta que llevaba Víctor y sonrió con ganas.
—¿Vienes a pedirme consejos de jardinería?
Víctor asintió, fingiendo estar un poco apenado.
—Abuelo, ¿no te estoy interrumpiendo?
—¡Para nada! —Andrés apenas iba a contestar cuando Yolanda soltó una indirecta muy directa.
—Si sabes que interrumpes, ¿para qué vienes?
—Pues qué bueno —dijo Andrés—. Ya que eres tan experta, tú le vas a enseñar a Víctor. Yo nomás observo.
El abuelo quería aprovechar que estaban jóvenes para que los primos convivieran y se llevaran mejor.
A Yolanda se le crispó la expresión. Tenía ganas de darse una cachetada por andar de hocicona. ¿Enseñarle a Víctor? ¡Ni que no tuviera nada mejor que hacer!
Víctor hizo una mueca. «¿Acaso esta chaparra no sabe disimular?», pensó al ver cómo ella volteaba los ojos. En toda su vida, nadie lo había tratado con tanto desprecio. Y como no le gustaba rogarle a nadie, se volvió hacia Andrés con su habitual tono educado.
—Abuelo, no la quiero molestar, mejor yo...
El abuelo le lanzó una mirada de advertencia a Yolanda y lo interrumpió de inmediato.
—No te preocupes, yo te...
De pronto, a Yolanda se le prendió el foco. ¡Claro! Lo de las plantas era puro pretexto para ganarse al abuelo. ¡No se lo iba a dejar tan fácil!
Al darse cuenta de la trampa, abrazó la maceta y suspiró como si estuviera haciendo un sacrificio enorme.
—Está bien, ándale pues. Yo te enseño.

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