Víctor le echó una mirada de reojo, aguantándose las ganas de decirle que mejor se pusiera a estudiar.
El abuelo, encantado con la situación, le dio una palmada en la espalda a Víctor y lo empujó hacia ella.
—¡A darle, pues!
El empujón fue tan fuerte que, como Víctor estaba distraído, dio un traspié hacia adelante y, al recuperar el equilibrio, quedó frente a frente con la mirada clara y brillante de Yolanda.
Víctor apartó la vista, fingiendo demencia.
En ese momento, el mayordomo Ernesto entró al jardín.
—Patrón, vino el yerno de los Torres. Dice que viene por la señora Valentina y la niña Carmen.
La sonrisa de Andrés desapareció. De no ser porque los muchachos estaban ahí, habría soltado un par de insultos.
—Dile que no estoy, que no lo voy a recibir.
Ernesto asintió y ya iba de salida cuando Andrés lo detuvo.
—Manda a alguien a avisarle a Valentina. Al fin y al cabo, es el papá de Carmen, tampoco hay que armar un escándalo. Que ella decida si se regresa con él o no.
—Enseguida, señor. —Ernesto asintió y salió a paso rápido.
Yolanda alzó la vista y le dio un jaloncito a la manga del viejo.
—Abuelo...
Andrés intentó disimular su molestia y forzó una sonrisa.
—No pasa nada. Vengan, hay que seguir en lo nuestro.
Yolanda asintió. Puso la maceta sobre una repisa, la examinó de arriba abajo y luego frotó un poco de tierra entre sus dedos con cara de experta.
Andrés sonrió con ternura al ver que sí parecía saber lo que hacía.
Yolanda levantó la vista y señaló los brotes.
—Tiene exceso de abono.
Andrés se quedó pasmado. Pensaba que la niña solo estaba jugando, pero acababa de dar justo en el clavo.
—Cuando acabas de trasplantar un brote, necesita tiempo para acostumbrarse al nuevo entorno —explicó Yolanda—. Si le echas mucha agua o fertilizante, las raíces se vuelven flojas. Lo mejor es dejar que los primeros tres centímetros de tierra estén bien secos, así obligas a las raíces a buscar agua más al fondo. La solución es bien fácil: no le hagas nada, déjala en el sol y que crezca libremente.
—¿Y tú cuándo aprendiste tanto sin que yo me diera cuenta?
Yolanda sonrió tímidamente. En su vida anterior, cuando Javier la echó de la mansión, se quedó completamente sola. Cuando todos le dieron la espalda, lo único que tenía eran las visitas constantes de Carmen para hacerle la vida imposible, ya que todas las supuestas amistades que antes le hacían la barba habían desaparecido.
Como se aburría tanto sola, empezó a meterse en la jardinería; al principio todo se le secaba, pero con el tiempo le agarró el modo.
Por supuesto, no podía contarle eso a Andrés. Así que se hizo la misteriosa y levantó la nariz.
—Uy, abuelo, hay un montón de cosas que no sabes de mí. Ya te iré demostrando de lo que soy capaz.
Andrés soltó una carcajada y ya iba a soltarle otro halago cuando vio que Ernesto regresaba al jardín con una cara de preocupación terrible. La sonrisa del viejo desapareció y tomó su bastón.
Ernesto se acercó, pero al ver a Yolanda y a Víctor, se le trabó la lengua.
—Señor...
—Habla —ordenó Andrés sin rodeos—. Aquí todos somos familia.
Ernesto bajó la voz.
—¡Señor, el yerno y doña Valentina se están agarrando a golpes en el patio de invierno!

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