«¿Vinieron los Torres?», pensó Yolanda. Volteó a ver a Ernesto y luego al abuelo.
Hasta a Víctor se le notó la sorpresa en la cara.
Andrés ni se inmutó.
—A ver, explícate. ¿Quién le pegó a quién?
—La señora Valentina le está dando con todo al marido. Si no fuera porque los guardias los separaron, ya lo habría dejado en el piso.
El rostro de Andrés siguió impasible. El viejo mañoso de los Torres había mandado a su hijo a propósito para que Valentina descargara su coraje. Si no había un poco de sangre de por medio, ¿cómo iban a hacerse las víctimas?
Ernesto, sin saber qué pasaba por la mente de su jefe, preguntó:
—¿Y qué hacemos, patrón?
—¿Dónde está Carmen? —preguntó Andrés.
—Martina se la llevó a otro lado, pero con el escándalo que están armando, dudo que la niña no se haya dado cuenta.
Eso sí encendió a Andrés.
—¡Par de irresponsables! Se ponen a hacer sus berrinches sin pensar en la criatura.
Tratando de controlar su enojo, se dirigió a los muchachos.
—Tengo que ir a arreglar un asunto. Víctor, si tienes dudas, pregúntale a Yolanda. Pero eso sí, se los advierto, ¡pórtense bien y no se peleen!
Por primera vez, ambos respondieron al unísono:
—Sí, abuelo.
Andrés le dio unas palmaditas en la cabeza a Yolanda y, en cuanto se dio la vuelta, el rostro se le endureció.
Víctor se quedó viendo cómo se alejaba el viejo, con la mente trabajando a mil por hora.
—Ya se fue el abuelo, así que ya puedes dejar de fingir —le dijo Yolanda—. Agarra tu plantita y llégale a donde estabas.
Víctor parpadeó y la volteó a ver.
—El abuelo dijo que siguiéramos con la clase.
—¡Estás loco si crees que voy a perder el tiempo contigo! —espetó ella—. A mí no me engañas, no te creo tu cuento de niño bueno.
Víctor esbozó una sonrisa, tomó la maceta y, al pasar junto al estanque, le dio un golpecito con el dedo a Pobrecito, volteándolo patas arriba. Mientras la tortuguita pataleaba para voltearse, Víctor le puso el dedo en la panza y la hizo girar como trompo.
Yolanda se quedó con la boca abierta. Víctor siempre se cuidaba de no hacer nada malo frente a los demás, ¡¿y ahora se atrevía a molestar a su mascota en su propia cara?!
Pero lo que más coraje le dio fue que, para cuando salió de su asombro, el maldito ya se había esfumado.
***
—Ese Víctor es una basura. ¡Mira que desquitarse con una tortuga indefensa! Es peor que un animal.
Yolanda agarró a Pobrecito con mucho cuidado y trató de consolarlo.
—Si pudieras... trata de ser amiga de Carmen, ¿sí?
—Va —respondió Yolanda sin pensarlo dos veces—. No te preocupes, abuelo. Yo me voy a encargar de que Carmen se dé cuenta de que la gente que de verdad la quiere siempre ha estado con ella.
Lo de Andrés había sido un arranque emocional por lo que acababa de vivir. Cualquier pareja normal trataría de pelear lejos de sus hijos, pero en el patio de invierno, Alejandro se había tirado al suelo a propósito frente a Carmen, haciéndose la víctima y obligando a la niña a elegir: o se quedaba con los Castillo o se regresaba con él. Los Torres solo querían utilizar a los Castillo; no tenían ni una pizca de amor por Carmen. Valentina, furiosa de que Alejandro fuera tan desgraciado de manipular a su propia hija, mandó a los guardias a que lo sacaran a patadas. Si Andrés no hubiera llegado a tiempo, a saber en qué tragedia habría terminado todo.
En el camino de regreso, Andrés iba pensando que tal vez había cometido un error al tratar de evitar problemas. Si de verdad quería lo mejor para Carmen, debió obligarla a quedarse con los Castillo. Por fuera, los Torres la mimaban demasiado, pero en el fondo la estaban echando a perder. Si la dejaba ir, acabarían arruinando a la niña.
No esperaba que Yolanda, a su edad, fuera a entender la situación, y mucho menos que le diera esa respuesta.
Con la voz quebrada y al borde del llanto, el viejo sonrió y asintió.
—¿Quién se atreve a decir que eres caprichosa y egoísta? Para mí, nuestra Yolanda es la niña con el corazón más noble del mundo.
Yolanda ya iba a darse sus aires de grandeza por el cumplido, cuando vio a Ernesto entrando al jardín a toda prisa.
—¡Patrón!
Andrés se enderezó, con el rostro endurecido.
—¿Ahora qué pasó?
Ernesto le lanzó una mirada rápida a Yolanda.
—Acaban de avisar del patio de invierno que... la niña Carmen desapareció.

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