Al entrar al comedor esa noche, Nicolás notó que el lugar estaba decorado de una manera elegante, cosa que no era común en su día a día. Regina había colocado velas que iluminaban la mesa, como también otros detalles que le daban vida al ambiente, como si estuvieran a punto de celebrar algo o se le hubiera olvidado alguna fecha importante.
Y ciertamente era así, la mujer había dedicado horas a la decoración, asegurándose de que cada detalle fuera perfecto, ya que quería que su esposo estuviera lo más relajado posible antes de la conversación que se avecinaba. Pero lejos de relajarse, Nicolás estaba nervioso, porque sentía que se le estaba pasando algo por alto, ¿pero qué?
Las servilletas de lino blanco estaban perfectamente dobladas, y en el centro de la mesa, había un hermoso ramo de flores frescas que Regina se había esmerado en cortar del jardín, personalmente. La suave música de fondo creaba una atmósfera íntima, mientras el aroma de la cena recién preparada llenaba el aire.
Regina había cocinado el plato favorito de su esposo: un risotto cremoso con setas y un toque de trufa, acompañado de un vino tinto que había elegido cuidadosamente de la reserva.
—Debo decir que todo te quedó delicioso —halagó la comida, mientras se limpiaba la boca con la servilleta y miraba a su alrededor, admirando el esfuerzo que había puesto en la velada—. ¿Estamos festejando algún motivo especial? —preguntó, un poco dudoso, ya que, si bien su esposa era atenta y amorosa, no todos los días solía esmerarse de semejante forma a la hora de cocinar.
Y tras la pregunta, Regina sintió que había llegado su momento, así que se enderezó en su asiento, y con una mezcla de nerviosismo y determinación, comenzó a hablar.
—Nicolás, he estado reflexionando sobre algo importante —el hombre también se enderezó, consciente de cuál era ese tema—. Sabes que… concebir, es prácticamente imposible para mí. Así que he considerado la opción de contratar a una chica para que sea un vientre en alquiler. Y así podrías tener un hijo propio —soltó.
Las palabras de Regina flotaron en el aire por varios segundos, los cuales bastaron para convertir el ambiente antes agradable en uno tenso. Nicolás frunció el ceño, sintiendo que la idea era una completa locura.
—Regina, eso no me parece correcto —respondió, con voz firme pero suave para no ofenderla luego de sus esfuerzos—. Siempre que pienso en tener hijos, me imagino viéndote embarazada, viviendo esa experiencia contigo. No puedo imaginarlo de otra manera. Lo siento —la mujer lo miró, sorprendida por su reacción. Le gustaba y le entristecía al mismo tiempo—. Si no podemos tener hijos de esa manera, entonces prefiero que adoptemos —continuó con sinceridad—. Hay tantos niños que necesitan un hogar, tú lo sabes perfectamente, ya que has trabajado en tantos albergues.
—Pero la del problema soy yo, Nicolás —trató de hacerle entender su punto de vista—. No puedo negarte el hecho de que tú…
—Ya te dije que no me interesa, si no es contigo.
—Pero…
—Pero no, Regina. Lo siento.
Su última respuesta dejó en claro que no había cabida a la discusión. Así que el silencio se instaló entre ellos, mientras las palabras de Nicolás resonaban en la mente de Regina.
La palabra “adopción” comenzaba a dar vueltas y vueltas en su cabeza. Porque sí, era una posibilidad, y sí, sabía que había tantos niños desamparados que necesitaban un hogar, y la idea comenzaba a entusiasmarle de cierta forma.
Se fueron a la cama y, mientras Nicolás la abrazaba como de costumbre, ella no dejaba de pensar y pensar, hasta que se quedó dormida bien entrada la madrugada. Pero al despertar al día siguiente, la decisión estaba bastante clara.
[...]
Nicolás se encontraba en su oficina, rodeado de documentos, cuando su teléfono vibró sobre el escritorio, interrumpiendo su jornada laboral.
Al mirar la pantalla, vio el nombre de Regina, y una chispa de curiosidad iluminó su rostro, porque luego de la cena del día anterior, era muy poco lo que habían llegado a hablar, por no mencionar que al partir esa mañana de casa ella seguía dormida y se había excusado horas después—cuando despertó, seguramente—para no asistir al trabajo.
"Te espero en esta dirección", decía el mensaje, adjuntando el sitio indicado. La intriga lo envolvió, y sin pensarlo dos veces, cerró la computadora, recogió sus cosas y salió de la oficina sin dar explicaciones.
—¿Volverá? —trató de alcanzarlo su secretaria, seguramente para confirmar si asistiría a las reuniones que tenía previstas para esa tarde. Pero la única respuesta que obtuvo la mujer fue el silencio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ex-esposa en coma: Abandonada a mi suerte