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Ex-esposa en coma: Abandonada a mi suerte romance Capítulo 121

Después de dos meses de trámites, finalmente estaban a punto de recibir a Damián, ese pequeño que los había enamorado desde el primer momento. Es que solamente había bastado una mirada para saber que era todo lo que habían estado buscando. Y ahora estaba a punto de adoptarlo legalmente.

Con el corazón latiendo de emoción, la pareja llegó a la puerta del orfanato, donde luego de las firmas correspondientes, una trabajadora les entregó al bebé.

—Cuídenlo mucho, por favor —les dijo la mujer entre lágrimas. Y por lo que podían intuir, era quien se había encargado de su cuidado desde que llegó al albergue, así que era normal que estuviera tan apegada a él. Cosa que le dio un poco de pesar a Regina.

—Lo cuidaremos —prometió y, ciertamente, pensaba cumplir con su palabra. Porque ya amaba a ese niño como si fuera suyo.

Regina recibió a Damián en brazos, quien ahora era su hijo, detallándolo con devoción y encontrándolo simplemente hermoso. Porque lo era. El pequeño ahora tenía 11 meses, y su cabello era rubio, tan rubio que brillaba como el oro bajo la luz del sol, y tenía unos ojos azules que reflejaban la inocencia propia de la infancia. A pesar de no tener ningún tipo de lazo consanguíneo con él, su parecido con ella era innegable, así que pasaría fácilmente como su hijo y nadie podría alegar lo contrario.

—Es un ángel —le dijo a su marido sin dejar de detallarlo.

—Nuestro ángel —repuso Nicolás, completamente de acuerdo con su comentario.

La pareja no podía contener la alegría y, con ternura, le dieron un par de besos en la frente antes de llevarlo a casa.

“Hogar”, finalmente esa palabra parecía tomar sentido, ya que era eso lo que estaban a punto de formar en compañía del pequeño Damián.

—Tenemos todo listo para ti, pequeñín —dijo Regina, mientras subían las escaleras que daban a la planta alta.

La habitación estaba preparada con mucho cariño. Y no era para menos, puesto que Regina había pasado semanas hablando con distintos decoradores, indecisa, debatiéndose entre los diferentes estilos que podía adoptar para un niño de tan pocos meses. Pero luego de discutirlo con Nicolás, lo eligieron juntos. Y se dio a la tarea de arreglarlo todo porque esto le emocionaba demasiado. Finalmente, era madre y quería saltar de alegría de tan solo pensarlo.

Al entrar, todos los detalles saltaron a la vista. Las paredes estaban pintadas de un suave color amarillo, decoradas con nubes y estrellas que parecían flotar en el aire. En el centro, había una cuna blanca, adornada con un dosel de tela ligera que esperaba al pequeño ángel. También había un cambiador repleto de pañales, cremas y ropita de colores, y un estante lleno de libros infantiles y juguetes de peluche. Todo estaba perfectamente organizado, aunque también podía parecer un poco excesivo para un bebé de su edad. Pero no les importaba. Querían darle todo lo que estaba a su alcance.

Como padres primerizos, habían caído en la trampa de comprar todo lo que consideraban “necesario”, o todo lo que les había metido el asesor por los ojos cuando visitaron las diferentes tiendas en busca de lo indispensable.

Y es que luego de horas de compras, terminaron con un carrito repleto de cosas, entre ellas: un monitor de bebé de última generación, un sinfín de biberones y utensilios de cocina para preparar papillas. La casa parecía más un almacén de productos para bebés que un hogar. Sin embargo, la emoción de ser padres les hacía sentir que cada compra había valido la pena. No importaba el dinero, solamente importaba la felicidad del pequeño Damián.

Y así, con Damián en brazos, comenzaron su aventura como padres. Nicolás intentó darle su primera papilla. Sin embargo, el pequeño, que parecía más interesado en jugar que en comer, comenzó a llorar sin parar, haciendo que el hombre se desesperara sin saber qué hacer. En su defensa era porque nunca había tenido la tarea de cuidar de un niño. Él había sido el menor de sus hermanos, no al revés. Así que tuvo que venir Regina para tratar de ayudarlo, tomando el otro lado de la cuchara, pero el llanto de Damián se intensificó con esta acción, haciendo que sus alaridos se escucharan hasta la planta baja.

—¡Vamos, pequeño! —dijo Nicolás, intentando calmarlo, pero fracasando de una manera miserable—. Es solo un poco de comida —trató de razonar. ¿Pero cómo se razonaba con un bebé? Era imposible.

—Quizás deberíamos intentar con algo más suave —sugirió Regina, riendo a pesar de la situación. Todo era un caos, pero nadie dijo que sería fácil. Así que debían de afrontarlo con mucha paciencia.

Ambos se miraron y, en medio de la frustración, comenzaron a reírse, porque sí, no tenían más alternativa. Era evidente que su primer día como padres no iba según lo planeado. Damián seguía llorando, y la papilla terminaba más en la cara de Nicolás que en la boca del bebé, así que desistieron con la tarea, ya habría tiempo para adaptarse.

—Creo que no le gusta —se rindieron por fin.

Entonces decidieron que era mejor dejar la comida por un momento. Y con Damián en brazos, se acomodaron en la gran cama del dormitorio, donde habían preparado un espacio acogedor para los tres. Encendieron la televisión y pusieron una comiquita colorida que capturó la atención del pequeño, quien comenzó a aplaudir reconociendo las figuras que se mostraban en la pantalla.

Mientras veían las aventuras de los personajes animados, Damián se calmó, y sus risas llenaron la habitación, brindándole un poco de paz y esa hermosa sensación de que finalmente eran una familia.

«Estaban completos», pensaron ambos.

Nicolás y Regina se miraron, sintiendo que, a pesar de los tropiezos, estaban en el camino correcto. A pesar de que el camino no sería fácil, lo sabían bien y recién lo habían comprobado, pero aun así sería una aventura que querían y deseaban vivir sin importar qué.

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