—Nicolás, por favor, no puedes dejar que me eche —suplicó Alicia entre susurros a su ex prometido.
—No hay nada que pueda hacer tu querido Nicolás, para evitarlo —fue Regina, quien se animó a darle una respuesta. Disfrutando del temblor en los hombros de la mujer y de la manera en la que se deshacía en llanto—. Si tienes un poco de dignidad, te aconsejo que recojas tus porquerías y te vayas ahora mismo de mi casa.
Alicia se lanzó al suelo con dramatismo, mientras hacía exactamente lo indicado por Regina. Recoger su ropa como si fuera una desamparada a la que le tocaría pasar la noche bajo la lluvia.
«¡Qué estúpida!», pensó Regina, al ver ese despliegue de ridiculez nunca antes visto.
—No me merezco nada de esto —sollozaba la mujer, en un intento por hacer sentir culpable al hombre a su lado.
Nicolás se arrodilló junto a ella y le acarició el cabello con ternura, mientras le daba palabras de consuelo, que a Regina le parecieron totalmente carentes de sentido. Lo único que quería era que fueran a montar su escenita a otro lado, estaban manchando su piso y no soportaba verlos juntos.
Pero sabiendo que todo aquello no terminaría pronto, decidió tomar posesión de su habitación, el lugar que nunca debió de haber sido ocupado por alguien más.
Al entrar nuevamente a su recámara, se permitió admirarla con mayor detenimiento. Su primer vistazo había sido rápido, ya que lo único que había querido era desalojar a esa mujer. Pero ahora, de pie, en medio de la habitación, podía darse cuenta de que muchas cosas habían cambiado. Y no se trataba solamente de ese cuadro que no había colocado, ni de esa lámpara de noche que no hacía para nada juego con el color de las cortinas, no, se trataba de algo espiritual, de la esencia misma, del aire, de la atmósfera que parecía estar contaminada con ese par.
Regina miró hacia la cama.
Y entonces de repente fue como si el tiempo se hubiera detenido.
Desde que despertó del coma no habían dejado de decirle que habían transcurrido cinco años, pero en su corazón las cosas estaban como antes, como si nada hubiera cambiado.
Así que pudo visualizarse a sí misma, con esa sonrisa bobalicona en los labios, con esa mirada cargada de nerviosismo, mientras Nicolás la lanzaba en la cama y la miraba con un hambre y una devoción que le había creído.
«¡Qué buen actor era!», pensó con las lágrimas queriendo asomarse por sus ojos, pero las detuvo.
—No lloraría por él. No más —se dijo, luchando contra aquellos sentimientos tan fuertes.
La desilusión, la decepción le estremecieron el cuerpo y entonces apartó la mirada.
En esa misma cama se había estado acostando con esa mujer durante cinco largos años o si acaso no más.

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