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Ex-esposa en coma: Abandonada a mi suerte romance Capítulo 14

Siendo sincera, a Regina le daba igual lo que pasara con esa mujer. Su presencia o su ausencia, le daba lo mismo. No le importaba o al menos eso era lo que quería creer, porque su corazón no estaba tan convencido; pero odiaba el hecho de sentirse como una tonta traicionada, así que lo más fácil era aparentar que no le afectaba en lo absoluto.

—¿En serio piensas que estás en condiciones de negociar? —decidió contraatacar con autoridad.

—¿En serio piensas que estás en condiciones de sacar a la empresa de la quiebra? —replicó Nicolás con astucia.

—No eres nadie para decirme lo que puedo o no hacer —le aclaró con propiedad.

—No, desde luego que no —le dio la razón, aunque por algún motivo, le pareció que únicamente estaba siendo condescendiente—. Pero hasta un ciego podría ver que no eres capaz de manejar los negocios —puntualizó como si no fuera más que una niña estúpida.

Y, quizás, en un inicio lo había sido, cuando empezó esa relación y no tenía la menor idea de dónde estaba parada, pero justo ahora, había decidido que no quería seguir siendo la misma. Quería crecer, superarse, y demostrarle a todos que ya no era solamente una muchachita mimada que había heredado una gran fortuna, sino que también podría poner en alto su apellido.

—¡¿Cómo te atreves?! —rugió sin poder ignorar lo que había insinuado hacía tan solo unos segundos.

La mano de Regina se alzó con odio y estuvo a punto de darle una cachetada a Nicolás. Una cachetada que no únicamente contenía la rabia que había acumulado en esos últimos días, sino que también contenía sus ilusiones rotas. Porque sí, ese hombre que ahora la miraba de aquella forma tan despectiva, la había enamorado, le había hecho creer que era especial, pero todo aquello solamente se trataba de una farsa, de una farsa para quitarle su fortuna.

Sin embargo, Nicolás fue lo suficientemente rápido como para prevenir su movimiento, la detuvo con destreza, sosteniéndola por la muñeca al tiempo en que le daba un ligero empujón para apartarla.

—Si fuera tú, no haría eso —le advirtió con un fuego extraño en la mirada.

—¿Ah, no? ¿Y por qué no? Si ganas no me faltan —intentó liberarse de su agarre para cumplir con su objetivo inicial, pero entonces él la apretó mucho más.

Regina comenzó a sentir un dolor intenso en su muñeca, la misma que él sostenía con fuerza, más fuerza de la que era necesaria, al tiempo en que la acercaba de un tirón hasta que chocó contra su pecho.

Los ojos de la joven se abrieron muy grandes, ya podía hacerse una idea de lo que intentaba. Pero esta vez ese truco no le resultaría, porque ya no podía engañarla.

—Siempre fuiste muy dulce, Regina —le susurró al oído con voz aterciopelada, erizándole la piel y trayéndole recuerdos que, justo ahora, le encantaría olvidar para siempre—. No sabes cómo me enciendes.

—¡Suéltame! —se retorció en su agarre, apartándolo con un empujón. Tomó distancia al fin, sintiendo la respiración acelerada y miles de preguntas danzando por su mente.

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