Las manos de Nicolás se deslizaron con lentitud por su cuerpo en una caricia provocativa que buscaba despertar todo su deseo.
Regina gimió, extasiada.
El sonido fue dulce y placentero, llenando el espacio con la seductora melodía.
Nicolás, alentado por sus jadeos, presionó y acarició más buscando complacerla.
—Oh, Nicolás —gimió ella y el hombre gruñó contra su cuello, dejando allí un beso ardiente que le hizo estremecer de pie a cabeza.
La erección de su esposo creció, estaba dura, parecía un pedazo de piedra contra su trasero y esto la hizo sentirse valiente y decidida.
Regina se giró, mirando directamente a los ojos grises de ese mentiroso que tenía por esposo. Él tenía los ojos entrecerrados, evidentemente excitado, y ella sonrió antes de tomar su miembro entre sus pequeñas manos.
Sin duda, su esposo pensaba que la tenía completamente dispuesta, que justo en ese instante se arrodillaría a sus pies y lo complacería. Sin embargo, lo que no sabía, era que su plan era mucho más malévolo.
Tomó el miembro de Nicolás entre sus manos y lo retorció con fuerza, haciendo que el hombre se encogiera ante el sufrimiento.
—¡Maldita sea! —gritó, apartándola de un empujón que la hizo caer varios metros atrás.
Regina soltó una carcajada que llenó el espacio, no sabía exactamente de dónde había surgido ese sonido perverso, pero lo hizo. Se rio a viva voz, burlándose de él justo como él lo había hecho con ella durante tanto tiempo. Pero a diferencia de Nicolás, ella no lo estaba disfrutando genuinamente, así que la risa se transformó rápidamente en tristeza, en una tristeza que le tocó disfrazar para no mostrarse débil.
—¡Largo de mi habitación! —le dijo ella con una mirada furiosa que él le devolvió con la misma intensidad.
Ambos se miraron así, como si fueran enemigos, como si lo único que anhelaran fuera la muerte del otro.
La puerta se cerró con un fuerte portazo tras la partida de Nicolás y Regina se arremolinó en su lugar, encogiéndose en sí misma, sintiéndose completamente desprotegida.
«Esto no iba a funcionar», pensó abatida.
Este matrimonio sería un infierno y, sin duda, esta vez, verdaderamente, uno de los dos acabaría muerto.
[...]
La noche fue demasiado incómoda.
Estar de vuelta en esa habitación luego de tantos años, de tantas mentiras y engaños, la mantenía en un estado de constante zozobra.
Sabía que Nicolás se había ido.
Se había ido con esa mujer seguramente.
Sin querer, Regina los imaginó haciendo el amor, imaginó a Alicia apagando el fuego que ella había encendido horas antes y sintió celos, sintió celos por seguir queriéndolo a pesar de todo el daño que le había causado.
Pero en el fondo sabía que no era tan masoquista, ella no quería a ese Nicolás, al cínico, ella quería a su anterior versión, al que conoció en su peor momento, al que le dio consuelo en medio de su duelo cuando sus padres habían muerto.

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