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Ex-esposa en coma: Abandonada a mi suerte romance Capítulo 22

—No quiero que seas una simple amante —le contestó Nicolás con molestia ante su oferta. La sola idea de permitir algo como eso era inaceptable. Alicia merecía más, lo merecía todo.

—Pero, Nicolás, esa mujer nunca va a desaparecer de nuestras vidas. Siempre será una sombra constante —señaló ella con evidente frustración.

—Va a desaparecer. Pronto lo hará, lo prometo —le aseguró él, convencido. Aunque aún no tenía ni la menor idea de cómo conseguiría aquello.

Alicia hizo un puchero bastante infantil que le hizo recordar su niñez y los momentos en los que disfrutaba de provocar aquella mueca en su inocente rostro.

Pero no todo siempre fue así, primero vivieron momentos verdaderamente difíciles.

Nicolás cerró los ojos por un momento, rememorando aquellos días grises. Era un niño solo, que acababa de quedar huérfano y en condición de calle, un niño que recién descubría lo que era el dolor de sentir frío. Su cuerpo dolía también por el hambre que presionaba constantemente su estómago. La rabia, la frustración, aquella era una llama tibia que no se apagaba nunca.

Unos pasos pequeños se acercaron en aquel instante, era una niña de cabello enredado y ropa gastada que lo observaba con descarada curiosidad. Ella sostenía algo en su mano: una galleta partida en dos, que le hizo gruñir más el estómago ante la posibilidad de degustarla. Pero su orgullo era más fuerte que cualquier otra cosa que pudiera sentir.

—Toma —le dijo ella, extendiendo el brazo para entregarle la mitad de la galleta.

El pequeño Nicolás frunció el ceño ante su generosidad. Él no era un niño precisamente generoso, era bastante malcriado, en realidad, el más consentido entre sus hermanos mayores, los cuales ahora estaban todos muertos. Miró a la niña sintiendo una ira que no iba dirigida a ella, pero que no hizo otra cosa que motivar sus palabras hirientes.

—No necesito de tu caridad. ¡Aleja esa porquería de mi presencia! —rugió él.

—Está buena —insistió ella con una sonrisa, como si no le acabara de escuchar gritar—. Mi mamá me dijo que no le hiciera caso a los que pasan hambre… pero yo creo que sí.

La referencia sobre su madre le hizo sentir un nudo en la garganta. Su madre estaba muerta, la había visto hacía tan pocas horas ahogándose en un charco de su propia sangre, una imagen que sin duda jamás podría olvidar.

Durante todo el rato en el que ella intentó sacarle conversación, él no habló. Solo esperó a que ella se cansara y se fuera.

Pero Alicia no lo hizo.

Al día siguiente, le entregó un pedazo de papel en forma de pergamino. Un escrito, luego un dibujo. Un niño de pelo oscuro y una niña de trenzas. Le sacó una sonrisa, debía de reconocer que el dibujo era bueno.

Al principio, ignoró las notas. Pero siguieron llegando. Pequeños garabatos de escenas que no reconocía, pero que debía admitir que eran muy creativas.

Los días siguieron pasando, y Nicolás se percató con desagrado de que estaba perdiendo peso. Su ropa sucia empezaba a parecer demasiado suelta. No había comido en días, las personas muy poco le daban limosnas y, lo peor de todo, era que él detestaba tener que pedirle comida a la gente. Hacía tan poco lo había tenido todo, ¿cómo la suerte podía cambiar en un día de semejante manera? Era insólito.

Días después, la lluvia había comenzado a caer, y Alicia estaba bajo un pequeño techo cercano, cubriéndose con una bolsa de plástico. Ella también estaba en condición de calle, aunque hablaba de una madre con la que nunca la veía relacionarse. También había mencionado algo sobre los amigos de su madre y cómo su madre parecía dormir por días.

Nicolás la miró y suspiró. Era bastante insistente. Bastante tenaz. Bastante feliz para su situación actual.

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