—¡Ay, lo siento! —exclamó la mujer con una sonrisa que apenas podía contener. Resultaba obvio, hasta para un ciego que estaba disfrutando de los resultados de lo que había causado—. ¡Qué descuidada soy! Perdón —siguió diciendo.
Augusto, el viejo amigo de su padre, observó la escena con el ceño fruncido. Parecía el tipo de persona que era capaz de despedir a alguien por un desliz semejante. Y si la empresa estuviera en una posición más sólida, entonces seguiría su ejemplo. El problema era que en ese preciso momento no podía darse el lujo de perder personal indispensable.
Así que con la respiración entrecortada y sintiendo un doloroso ardor en su antebrazo, se apresuró a fingir que no era nada. No le daría el gusto a esa mujer de verla mal.
—No se preocupe —murmuró con los dientes apretados, mientras emprendía el camino al baño.
Una vez dentro, se apoyó en el lavamanos y dejó escapar un suspiro tembloroso. Demonios, esto dolía demasiado, fue lo que pensó, mientras examinaba su piel enrojecida y, sin poder evitarlo, se cubrió el rostro con las manos y empezó a llorar de pura ira y frustración.
Esto era tan insoportable.
Una verdadera tortura.
Nadie en su propia empresa la quería. Lo peor era que no podía despedirlos a todos. No podía reemplazarlos tan fácilmente, estando al borde de la quiebra. Así que estaba atrapada en un maldito lugar en el que no dejaban de hacerla sentir rechazada, luchando contra enemigos invisibles que no dejaban de atacarla de todas partes. Era agotador.
Pero no podía rendirse.
Se apartó las lágrimas del rostro bruscamente y respiró hondo para serenarse. Si esta era la guerra que le tocaba pelear, entonces aprendería a sobrevivir, le dijo a la mujer en el espejo, la cual decidió que no volvería a llorar nuevamente por algo semejante.
[…]
Regina se acomodó en el sofá de su oficina, con el teléfono pegado al oído. Luego de un día difícil, ansiaba escuchar la voz de Ismael. Su amigo. Aquella rutina había estado repitiéndose desde que le ofreció ser su confidente. Y ella no se quejaba, era agradable hablar con alguien más, con alguien que no le deseara el mal ni quisiera robarle su fortuna.
Suspiró cuando escuchó la voz de Ismael al otro lado de la línea, siempre le traía un extraño consuelo oírle, como si, por un momento, las tormentas que la rodeaban se disiparan para permitirle ver la claridad de un nuevo día.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ex-esposa en coma: Abandonada a mi suerte