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Ex-esposa en coma: Abandonada a mi suerte romance Capítulo 27

Regina, tan tranquila y feliz, observaba la ciudad por la ventanilla del auto, ajena a cualquier mal presagio, puesto que, en su mundo, en ese instante de vida, todo parecía ser simplemente perfecto. Su esposo, conducía con serenidad como siempre. Su mano, grande y cálida, sostenía la suya, un gesto que era bastante habitual entre ellos.

Él miraba al frente, concentrado en la carretera, pero su pulgar acariciaba suavemente el dorso de su mano, trasmitiéndole su amor profundo o lo que ella creyó en ese instante que lo era.

—No sabes lo delicioso que estaba ese risotto, Nico —parloteaba ella. Recién se daba cuenta de que en aquel entonces era como una niña pequeña que no dejaba de decir estupideces. Y todo por llenar el silencio. Todo por esa vana sensación de seguridad que sentía al lado de su verdugo—. El arroz en su punto justo, el parmesano cremoso... y esos hongos silvestres. ¡Absolutamente sublime! —siguió diciendo, ajena al hecho de que a su esposo no le interesaba nada de eso. Aunque era bueno aparentando todo lo contrario—. El lugar era encantador, ¿verdad? Esas luces tenues, la música de jazz en el fondo... ¿No te pareció el mejor sitio al que hemos ido en mucho tiempo?

Nicolás la escuchaba, asintiendo levemente. Una sonrisa apenas perceptible se forma en sus labios de tanto en tanto. Siempre había sido así, un oyente atento y paciente, que la dejaba explayarse con sus descripciones apasionadas, incluso cuando se trataba de algo tan trivial como una simple cena. A veces sentía su mirada de reojo, esa mirada que conocía tan bien, llena de admiración y un cariño que la hacía sentir la mujer más afortunada del mundo.

«Tonta», no pudo evitar decirle a esa versión ingenua de sí misma.

—Lo disfruté mucho, mi amor —respondió él con su voz grave y tranquila—. Pero no tanto como disfruto de escucharte contarme cada detalle. Tu entusiasmo es contagioso, ¿sabes?

—Eres un exagerado —dijo ella, riéndose—. Pero en serio, tenemos que volver. Quizás la próxima vez probemos las pastas. Parecían increíbles.

Lo que no sabía Regina era que esa próxima vez jamás se repetiría. Y así, sintiéndose plena, amada, envuelta en una burbuja de matrimonio perfecto, algo cambió de pronto.

Nicolás, que hasta ese momento había mantenido la vista fija en la carretera, giró la cabeza como un demonio. Sus ojos se encontraron con los de ella, y en esa mirada, algo oscuro se escondía. Porque no era la mirada de amor que conocía, ni mucho menos la de calma. Era una mirada cargada, profunda, con una expresión que no lograba descifrar del todo. Había una determinación fría, casi cruel. Era una mirada que parecía gritarle algo, una advertencia, una despedida. No lo entendió en ese momento, no pudo procesar la vorágine de emociones que se agolpaban en esos ojos, pero supo. Supo, con una certeza helada, que algo terrible estaba a punto de suceder. Y supo, con una punzada de horror, que Nicolás lo sabía también.

—Nicolás…

De pronto, quiso preguntar, quiso gritar, quiso detener el tiempo. Pero las palabras se atascaron en su garganta. El aire se volvió espeso y la felicidad se evaporó en un simple instante.

Y luego, todo fue caos.

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