En cuanto Niebla terminó de hablar, las amigas que la rodeaban asintieron apresuradamente.
—¡Claro que sí! Tiene que pagarlo.
—Es obvio que debe pagar. Estas telas son súper delicadas, se arruinan hasta con el agua, ¡imagínate con todo ese alcohol!
Sara, mordiéndose el labio, preguntó con voz tímida:—Es justo que lo pague, ¿cuánto es?
Niebla soltó una risita burlona.—Como somos compañeras, te haré un descuento. Serán noventa mil.
—¿No... noventa mil?
Los ojos de Sara casi se le salen de las órbitas.
¿Qué clase de vestido costaba noventa mil?
¿Acaso Niebla estaba intentando estafarla?
—No puedes engañarme solo porque soy pobre —dijo con voz temblorosa, pero con una expresión llena de terquedad.
Antes de que Niebla pudiera responder, las chicas a su alrededor no pudieron contener la risa.
Las risitas ahogadas resonaron en los oídos de Sara, cargadas de desprecio.
Aquello fue un golpe directo al frágil ego de Sara.
Miró a Sebastián buscando ayuda.
Él apretó los labios, a punto de hablar.
Niebla, que no había perdido detalle de aquel intercambio de miradas, le cortó las alas de inmediato.—Mejor cierra la boca. Esto no tiene nada que ver contigo.
Sebastián se quedó atónito.
Habían crecido juntos, y ella siempre lo recibía con una enorme sonrisa.
Era la primera vez que le hablaba en ese tono.
El vestido mojado se le pegaba a la piel y era sumamente incómodo. Niebla solo pensaba en ir al baño a cambiarse.
Se acercó a Sara.
Sara apenas superaba el metro sesenta, mientras que Niebla rozaba el metro setenta.
Le dio unas palmaditas en el hombro y se inclinó ligeramente hacia ella. Su largo cabello se deslizó por su espalda, y el fuerte olor a alcohol no lograba ocultar su suave perfume a jazmín.
—Si no me crees, puedes revisar la página oficial. Te doy dos días para conseguir el dinero. El lunes en la escuela, te pasaré el número de mi cuenta.


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