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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 361

Para toda la familia, la frialdad de su nieto mayor no era ningún secreto. Sabían perfectamente que él siempre había sentido rechazo hacia Vera.

Y hasta el día de hoy, su indiferencia seguía intacta.

Con una actitud tan distante, ¿cómo esperaban convencer a Vera de darles un heredero por voluntad propia?

Si él tan solo le dedicara unas palabras dulces, ¿acaso Vera no volvería a entregarle el alma y la vida sin dudarlo?

Sin embargo, ignorando a Vera por completo, Sebastián se dirigió a la matriarca:

—¿Ya se tomó su pastilla para la presión, abuela?

Doña Isabel entendió de inmediato que él solo quería cambiar de tema.

Agitó la mano con exasperación. ¡No tenía caso seguir discutiendo con él!

Vera también comprendió la actitud de Sebastián. Era evidente que a él el asunto no le importaba en lo más mínimo. No cruzó ni una sola palabra más con él, y de pronto, la distancia entre ambos se sintió aún más gélida que de costumbre.

Acababa de enterarse de que su esposa había perdido un hijo y ni siquiera tuvo el instinto de acercarse a consolarla.

Pero a Vera esos detalles ya no le afectaban. Lo único que le importaba era haber salido airosa del interrogatorio y que su secreto siguiera a salvo.

Sin darles oportunidad de negarse, Doña Isabel ordenó que pasaran la noche en la mansión principal, obligándolos a dormir en la misma habitación bajo el pretexto de que debían aprovechar la velada para «reconciliarse».

La propia matriarca los acompañó hasta la puerta. Vera fue la primera en entrar.

Justo antes de que la puerta se cerrara, Vera alcanzó a escuchar el murmullo de Doña Isabel hablándole a Sebastián:

—Ahora mismo Vera está muy vulnerable. Trátala con cariño esta noche, aprovecha el momento, quién sabe, tal vez logren...

La puerta se cerró con un clic sordo.

El silencio inundó la inmensa habitación, dejando solo el sonido acompasado de sus respiraciones.

Ese cuarto no les era ajeno; durante un tiempo habían pasado algunas noches allí.

Vera se sentó en un sillón por su cuenta, dispuesta a dejar que las horas pasaran para luego marcharse.

Por azares del destino, el sillón donde se dejó caer estaba justo frente al área de descanso donde se encontraba Sebastián.

De golpe, sus miradas se encontraron. Los ojos de Sebastián eran dos pozos de agua helada.

Él la estaba observando.

Y ella no tenía idea de lo que escondía esa mirada.

Vera pensó que, por más que él la odiara, al menos fingiría un poco de decencia y le haría un par de preguntas por compromiso.

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