Vera no iba a ser tan tonta para no entender su indirecta.
Era la máxima expresión de la indiferencia.
Sebastián le demostró de la forma más cruda lo que significaban las palabras «sin piedad».
Quiso decirle que no hacía falta que actuara así; ella hacía tiempo que había dejado de esperar algo de él. Por más crueles que fueran sus palabras, solo le parecían una ráfaga de aire que le soplaba en la cara, y ya no causaban tormentas en su corazón.
Sebastián tampoco pronunció una palabra más.
El silencio y las palabras provocadoras de Vera parecían haber puesto un punto final definitivo entre ellos.
Seguir discutiendo no serviría de nada.
Pasó por el lado de Vera y se marchó sin mirar atrás.
Ya no volvió a preguntar por aquel hombre ni dónde escondía a la niña.
Una vez más, su encuentro terminaba en desencuentro.
Al escuchar cómo sus pasos se alejaban.
Vera se desinfló como un globo sin aire.
Comenzó a jadear bruscamente.
Apoyándose en una mesa de piedra cercana, sentía que le estallaba la cabeza.
Todo lo ocurrido aquel día había sido imprevisto; enfrentar la situación sin preparación alguna resultaba doblemente agotador a nivel físico y mental.
Repasó todo en su mente sin parar y se cercioró de no haber mostrado ninguna grieta, de modo que Sebastián no empezara a atar cabos después y a darse cuenta de algo extraño.
Con tal de mantener a Lina a su lado, había gastado todas sus fuerzas en confirmar su «infidelidad».
De todas formas, fue Sebastián quien lo sugirió. ¿Para qué dar más explicaciones?
En ese instante, el teléfono sonó oportunamente.
Vera contestó con mala cara y se escuchó la voz de Ivonne: —Traje a Lina a jugar; hoy seguramente habrá mucha animación. ¿Por dónde andas? Vamos a buscarte.
El corazón de Vera, que recién se había calmado, dio un vuelco: —¿Dónde están?
Ivonne notó que el tono de Vera era extraño: —Acabamos de llegar al salón principal. Íbamos a llevar a Lina a probar unos postres. ¿Qué sucede?
Vera miró hacia donde se había ido Sebastián.
Probablemente volvía al salón.
Aunque acababan de tener una pelea muy tensa, no podía garantizar que Sebastián, si veía a Lina en este momento tan delicado, no atara cabos gracias a su cerebro exageradamente astuto.
No podía asegurar nada.
Aunque las facciones de Lina todavía no se habían definido, y los rasgos parecidos a los de Sebastián aún no eran notorios, los lazos de sangre creaban una atracción particular.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...