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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 400

Sebastián miró la pantalla sin mostrar la más mínima emoción.

Vera no pareció haber dudado ni un segundo; al instante en que el teléfono comenzó a sonar y vio que era su número, cortó la llamada tajantemente.

Sin embargo, esa escena hizo que Leo se pusiera de pie, incrédulo: —¿Le colgó? ¿Con qué derecho le cuelga?

Nadie se esperaba eso en lo absoluto.

¿Qué se creía Vera en un momento como ese?

Silvana también frunció el ceño.

¡El carácter caprichoso de Vera salía a relucir en el peor momento posible!

Sebastián fue el más calmado de todos; no insistió, guardó su celular tranquilamente y dijo: —Si no contesta, tendré que ir a verla en persona.

Silvana entendió a qué se refería.

Como Vera no había respondido a la llamada, Silvana tendría que presentarse en su puerta.

Tendría que hablar con ella cara a cara, lo que significaba... que lo más probable es que Vera se pasara de la raya y la humillara.

Respiró hondo; ese trago sería muy amargo.

Durante mucho tiempo, ella siempre había sido la que pisoteaba a Vera.

Y ahora tendría que suplicarle para que actuara de mediadora y le facilitara los antiguos contratos laborales de Cénit MedTech.

Evidentemente, las circunstancias le jugaban muy en contra.

Poco después.

La puerta se abrió de nuevo.

Era Quintana, que había estado esperando afuera.

Echó un vistazo a los presentes en la oficina, pero se dirigió a Sebastián: —Señor Zambrano, acaba de llegar un informe. Héxilo Digital cerró un enorme contrato por quince de sus equipos, todos para exportación al extranjero...

—¡¿Qué?! —Leo se levantó de un salto.

Su rostro palideció drásticamente.

Él había pensado en su momento que el proyecto de Héxilo tenía poca viabilidad técnica y demasiadas trabas, por eso decidió no invertir ahí.

¡Pero ahora, justo cuando el proyecto de Silvana fracasaba rotundamente y todo su dinero se iba a la basura, resultaba que Héxilo había conseguido un gran acuerdo!

¡Y para colmo, abrían mercado internacional en una etapa tan temprana!

¡Era fácil imaginar que más adelante serían completamente imparables!

Silvana se quedó perpleja, como si hubiera recibido una pedrada en el pecho. Su rostro se volvió sombrío: —Claro, se aprovecharon de mi crisis. Héxilo solo se apuró en acaparar el mercado. Si no fuera por este accidente, jamás habrían podido destacar frente a mi proyecto.

Pero, decir que no estaba conmocionada, sería mentir.

Vera la miró con recelo: —¿Desde cuándo tienes tú esos contactos?

Ivonne parpadeó y confesó, murmurando: —Bueno... Fue Adriano, él fue quien me lo presentó.

Vera se quedó paralizada.

El señor Herrera todavía estaba en el extranjero, ¿y aún así se tomaba la molestia de ayudar a Héxilo?

Ivonne explicó: —No le dije que el proyecto era tuyo; le comenté que solo estabas a cargo de una parte y que necesitabas más clientes. Así que él hizo las llamadas y ayudó.

De repente, Vera sintió que le debía muchísimo a Adriano.

No sabía de qué manera podría pagarle ese gran favor.

Ivonne, por el contrario, estaba encantada, rebosando de entusiasmo y de ganas de chismear: —Tú lo sabes bien, Adriano es el típico hombre de negocios; es absolutamente racional, objetivo y prioriza sus propios intereses, pero aun así fue él quien por iniciativa propia te consiguió este contacto. Creo que él realmente está... muy interesado en ti.

Vera le dio una palmadita en la cara, empujando a Ivonne ligeramente para apartarla: —Está bien, le daré mis sinceros agradecimientos en persona cuando llegue el momento.

Ivonne la persiguió, sin callarse: —¿Agradecimientos para qué? Entrégate por completo, ¡cásate con él! El prestigio y la posición del gran jefe Herrera no le piden nada a los de Sebastián. Así, todos los días podrías presentarte como la esposa de Adriano, y harías que Sebastián tuviera que llamarte respetuosamente Señora Herrera. ¡Lo matarías del coraje!

Vera le tapó la boca a Ivonne al instante.

Porque en ese momento alcanzó a divisar la imponente figura de un hombre bajo el pórtico del restaurante.

Él sostenía la chaqueta de su traje sobre el antebrazo, y en la mano que dejaba caer tenía un cigarrillo humeante. Al escuchar las voces, giró levemente la cabeza. En sus hermosos e insondables ojos oscuros no había ni un ápice de calidez; era como si nada ni nadie pudiera encontrar un espacio en su corazón.

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