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Guardián de Siete Bellezas Hermanas romance Capítulo 64

En ese momento, Matías y su amigo sintieron el apretón. No pudieron evitar maldecir a Patricio en sus mentes.

«Maldito seas, Patricio. ¿Por qué no estás aquí todavía? ¡No podemos aguantar más!».

Por fortuna, un grito furioso sonó de repente desde la distancia.

—¡Argh! Vaya actitud la suya, Federico, Samuel. ¿Estoy muerto para ustedes?

La expresión de todos cambió cuando se volvieron para mirar en dirección a la voz.

Un anciano con camisa blanca se acercó con Patricio. Ese hombre no era otro que el médico más famoso del país, Darío.

—¡Señor Rodríguez!

Sorprendidos, Federico y los demás se abalanzaron de manera frenética para saludar a Darío, pero éste los despidió con un gesto de disgusto.

—¡Largo! No tengo alumnos como ustedes.

—Señor Rodríguez, ¿qué está pasando?

Federico y los demás estaban desconcertados; nunca habían visto a su maestro tan enojado.

Darío ni siquiera los entretuvo. Pasó junto a sus alumnos para llegar ante Emir, con la cabeza baja de manera respetuosa.

—¡Señor Luna, por favor acépteme como su estudiante!

Todos los presentes se quedaron atónitos. Era como si les hubieran echado encima un balde de agua helada. No daban crédito a lo que escuchaban. Al fin y al cabo, su profesor, el médico más famoso del país, Darío Rodríguez, quería ser alumno del joven que tenían delante.

«¿Se ha vuelto loco el señor Rodríguez?».

Los ojos de Federico se abrieron de par en par con incredulidad mientras preguntaba:

—Señor Rodríguez, ¿qué está haciendo? ¿Cómo puede querer ser alumno de este bribón…?

«Si el señor Rodríguez se convierte en alumno de Emir, ¡tendremos que dirigirnos a éste como nuestro gran maestro! ¿Cómo puede ser eso?».

Antes de que Federico pudiera terminar, Darío le dio una fuerte bofetada.

—¡Insolente! Estoy hablando con el señor Luna. ¿Cómo se atreve a interrumpirme un idiota como tú?

Federico estaba tan asustado, que no se atrevió a emitir sonido alguno.

Aunque era director del Hospital General de Distrito de Jade, siempre sería alumno de Darío. Por lo tanto, éste podía golpearlo cuando quisiera.

La cabeza de Leonel se cubrió con rapidez de sangre, pero Emir no parecía tener intención de detenerse. Hasta que no se cumplieron veinte golpes, Emir no arrastró al primero hasta Nancy y su madre y volvió a presionar su cabeza contra el suelo.

—Estos golpes son para esta señora y su hija. Una disculpa no es lo único que les debes; les debes incluso una vida. ¿Cómo piensas devolvérsela?

¡Pum! ¡Pam! ¡Tras!

De nuevo, la cabeza de Leonel fue golpeada contra el suelo veinte veces.

El dolor lo dejó inconsciente al instante. Por desgracia, Emir sacó una aguja de plata y la clavó en la coronilla de Leonel.

—¿Te he dado permiso para desmayarte? —Emir echó humo.

Leonel, que ya se había desmayado, recobró el conocimiento, con el rostro contorsionado por el dolor.

«¡Esto es una tortura!».

El dolor ya había superado el límite de tolerancia de su cuerpo, y aun así se vio obligado a permanecer despierto para soportarlo.

La cabeza de Leonel ya estaba en muy mal estado, pero era imposible que Emir sintiera compasión por él. Era tan solo imposible.

Al fin y al cabo, un asesino como Leonel no merecía la menor pizca de simpatía.

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