Las palabras de Lionel solo aumentaron el dolor de cabeza de Benigno.
—Lo que hizo mi madre no se compara en nada con lo de Samuel Fuentes. ¿Cómo podría tomar una decisión tan drástica?
Lionel guardó silencio por unos segundos, pasó junto a Benigno, le dio una palmada en el hombro y dijo con voz grave:
—Eso es algo que tendrás que descubrir por ti mismo.
Dicho esto, retiró la mano y se dispuso a marcharse. Tras unos pasos, como si recordara algo, se giró hacia Benigno y le dijo con firmeza:
—Ya que quieres volver a conquistar a Clarisa, mantente alejado de Camila.
Benigno frunció el ceño.
Lionel añadió:
—Ella es mía.
Y con esas palabras, Lionel se marchó, dejando a Benigno atónito.
Al final, Benigno no pudo ver a Clarisa.
Llamó a todas las puertas de ese piso, pero Clarisa nunca abrió.
Benigno permaneció en el pasillo durante mucho tiempo, hasta que finalmente comprendió la actitud de Clarisa.
Él no era capaz de romper por completo con sus padres.
Suspiró, se dio la vuelta y se fue.
Rufo y Lionel estaban muy ocupados.
Así que, después de la fiesta de compromiso de Elián e Irmina, Rufo fue el primero en marcharse.
Antes de irse, no olvidó recordarle a Elián que le avisara con antelación de la fecha de la boda.
Elián había bebido bastante en la fiesta y sus ojos mostraban signos de embriaguez, pero al escuchar a Rufo, respondió con total lucidez:
—Tío, no se preocupe. En cuanto tengamos la fecha, se lo haré saber de inmediato.
Rufo asintió, posó su mirada en Irmina y, con una sonrisa, le dijo con voz suave:
—Irmina, no te preocupes. Por muy ocupado que esté, iré a tu boda.
Irmina asintió, conmovida.
—Espero que para entonces no esté tan ocupado, tío. Así podré pasar más tiempo con usted.
Cada vez que Rufo venía, siempre lo hacía con prisa.
Elián se acercó a Irmina, la rodeó por la cintura y le dijo con ternura:
—Ya es tarde, volvamos a casa a descansar.
Irmina asintió.
Andy ya había vuelto a la Mansión Fuentes con Gustavo y los demás.
El mayordomo Patricio le había enviado un mensaje a Irmina para informarle que habían llegado bien.
La mayoría de los invitados de la fiesta ya se habían ido, y los que quedaban podían ser atendidos por el personal.
Elián rodeó a Irmina con sus brazos, apoyó la cabeza en su hombro y deseó estar ya en casa con ella.
—Mi amor, qué bien hueles.
Irmina, al ver que ya estaba bastante bebido, lo rodeó instintivamente por la cintura y le hizo una seña al chófer.
El chófer detuvo el coche frente a ellos, se bajó y le abrió la puerta trasera a Irmina.
Elián, sin importarle la presencia del chófer, siguió abrazando a Irmina y susurrándole cosas al oído.
Con el chófer allí, Irmina se sonrojó y le lanzó una mirada de reproche, pero él no se inmutó.

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