Actuar primero y explicar cuando ya es demasiado tarde. Una vez demolidas las casas, solo tendrían que compensar a los propietarios. Les darían la cantidad que quisieran o incluso ni pagarían. Eran expertos en asuntos como ese, así que era difícil para una pareja de ancianos salir ganando.
El Hermano Dao dio órdenes y llevó unas pocas docenas de hombres a la casa de Número Dieciocho. Los que estaban heridos en el piso querían detenerlos, pero sabían que, si se negaban, ¡el Hermano Dao no tendría piedad y los mataría!
Mientras tanto, en la casa de Dieciocho, por fin Jiang Ning había comprendido la situación.
—Nosotros... no queremos mudarnos. Hemos vivido aquí toda la vida, ¿a dónde podríamos ir ahora? Ese poco de dinero no pagaría una residencia de ancianos. —Los vecinos y todos los que estaban allí se sentían impotentes—. ¡No alcanza ni para comprar un baño en la ciudad!
Aunque los ancianos pudieran, no les gustaba vivir en la ciudad pues era caro y no tendrían vecinos con quien conversar. No querían esa vida.
—Si no quieren irse, entonces nadie puede obligarlos a mudarse —dijo Jiang Ning.
—¡Ese Zhuang Fen es terrible! He oído que tiene muchos amigos tanto en los círculos legales como en los ilegales.
Alguien con tono preocupado dijo:
—Será mejor que no se metan en problemas y que se marchen de inmediato. Ellos no nos harán daño, pero ustedes no son de aquí.
Jiang Ning permanecía inexpresivo. Número Dieciocho ya había muerto y si tampoco podía proteger a sus padres, lo habría defraudado en verdad. Cuando se disponía a responderles, se oyó un ruido ensordecedor que venía del exterior.
Las expresiones de los vecinos cambiaron enseguida. Salieron corriendo y se enfurecieron cuando vieron que varios bulldozers se acercaban para demoler sus casas.
—¡Deténganse! ¡Deténganse!
Sin embargo, las máquinas seguían aproximándose.
—¡No se detengan! Si pasa algo, ¡me hago responsable! —gritó el hombre con una cicatriz en el rosto y soltó una carcajada.
—¡Deprisa, corran! Ese tipo estuvo en la cárcel y no es una buena persona.
—¡Rápido, márchense! A nosotros no nos van a tocar porque somos de aquí, pero a ustedes sí, ¡así que será mejor que corran!
Susurraban todos angustiados, intentando persuadir a Jiang Ning para que se fuera. Liu Yang estaba muy preocupado, enseguida corrió hacia Jiang Ning y le suplicó:
—¡Apúrese y márchese! ¡Estos maleantes le darán una paliza! ¡No podemos luchar contra ellos!
Sin embargo, Jiang Ning negó con la cabeza. Miró a Dao con una expresión sombría y le preguntó:
—¿Tú eres Zhuang Fen?
—Bah, no. ¿Tú eres el que quería ver a mi jefe? —Dao sonrió con frialdad—. ¡Eres valiente! ¿Eh? ¿Crees que tienes derecho a ver a mi jefe? ¡Me preguntaba qué imbécil tendría las agallas! —Miró a Jiang Ning a los ojos y no fue nada cortés—. No me importa de dónde diablos sean ustedes. Están en mi territorio. ¡Tienen que hacer lo que yo diga, aunque sea el pez gordo de otro lugar! ¡Yo mando aquí!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Héroe Retrasado