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Hormonas traicioneras romance Capítulo 7

América despertó en una habitación desconocida.

Le dolía la cabeza y sentía los párpados pesados como plomo. Tardó un buen rato en enfocar la vista.

Era una habitación muy espaciosa. Sobre la cabecera colgaba un enorme óleo abstracto; el techo tenía un diseño de iluminación indirecta que ahora estaba apagada, y una lámpara central de diseño minimalista reflejaba fríamente la luz que salía del baño.

Las cortinas gris oscuro estaban cerradas herméticamente, bloqueando cualquier luz exterior, por lo que era imposible saber si era de día o de noche.

América se sentó en la cama. Al deslizarse el edredón, se dio cuenta de que estaba desnuda. Su ropa había sido arrancada y tirada descuidadamente en el suelo.

Afortunadamente, la sábana bajera estaba lisa y, aparte del dolor de cabeza, no sentía ninguna molestia física extraña.

Se inclinó para intentar alcanzar su ropa del suelo cuando escuchó el «clic» de la cerradura. Alguien abría la puerta.

¡Alguien entraba!

El corazón se le subió a la garganta. Se envolvió en el edredón con fuerza y miró hacia la entrada.

La figura estaba a contraluz, pero se notaba que era un hombre alto y atlético. A medida que se acercaba, sus rasgos se aclararon: perfil afilado, cejas frías y severas... ¡Era Leonardo!

¿Estaba en la habitación de Leonardo?

Si quien la drogó fue gente de Roberto, ¿por qué terminó en el cuarto de Leonardo?

América no entendía nada.

Leonardo llevaba un abrigo oscuro de corte fino sobre un traje impecable. Se quitaba el abrigo mientras entraba. Al lanzarlo al sofá, miró de reojo y descubrió a América en su cama.

Al ver a alguien en su habitación, frunció el ceño de inmediato.

—¿Qué haces aquí?

La mirada afilada de Leonardo se clavó en ella. América, envuelta en su edredón, con el cabello revuelto y los hombros desnudos expuestos, contrastaba con su ropa tirada en la alfombra: su blusa, sus jeans y... un conjunto de ropa interior clara, tirado descuidadamente junto a los zapatos de él.

Leonardo tragó saliva, desvió la mirada y dio un paso atrás.

—América. —Pronunció su nombre sílaba por sílaba, con una voz gélida—. ¿De qué vas?

—No sé por qué estoy aquí. Solo recuerdo que me drogaron.

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