A través del teléfono.
Una voz femenina, delicada y débil, sonó a la distancia.
—Walter, ¿es mi hermana?
—No, es solo una llamada de trabajo.
La voz de Walter se suavizó. Para no preocupar a Clara, mintió con toda naturalidad. Luego, bajando el tono, se dirigió a Dafna con crueldad:
—Entiendo que estés molesta. Hablaremos de esto cuando regrese...
—¿Por qué sigues al teléfono? Quiero comer una manzana.
Ante la insistencia de Clara, Walter no lo pensó dos veces.
—Clara necesita a alguien a su lado, tengo que colgar.
Escuchando el tono de la llamada finalizada, Dafna se quedó inmóvil durante mucho tiempo.
Tanto tiempo, que incluso el personal del lugar no pudo evitar salir a aconsejarla.
—Señorita, ¿no prefiere esperar adentro? Tenemos calefacción y algo caliente para tomar. Recuerdo que ha venido muchas veces. Supongo que su prometido tiene mucho trabajo, trate de comprenderlo, los hombres son así.
Había venido nueve veces y aún no conseguía el acta de matrimonio.
Era difícil que los demás no reconocieran su rostro.
Inhalando profundamente el aire helado, esta vez, Dafna tomó una decisión. Ya que Walter se ausentaba, entonces se buscaría otro esposo.
En definitiva, no pensaba regresar a este lugar por décima vez.
Volvió a la pantalla de contactos de su teléfono.
Rápidamente, Dafna encontró el nombre de Mariano Torres. Este hombre era el archienemigo de Walter; en los inicios de sus empresas, ambos habían tenido fricciones por la licitación de un mismo proyecto.
Se rumoreaba que era un hijo ilegítimo de la familia Torres, criado fuera del hogar y acostumbrado a las adversidades. Sin embargo, su capacidad era extraordinaria. En el primer negocio que le confió la familia, duplicó las ganancias, ganándose así su lugar en la mesa de los Torres. Hoy en día, prácticamente controlaba la mitad de la empresa.
Hace unos días, Dafna había escuchado a Walter y a sus amigos de la infancia hablar de él.
La familia Torres le estaba buscando una esposa a Mariano. Ya había conocido a todas las jóvenes de familias prestigiosas de Río Mar, pero ninguna había resultado. Un hombre como él tenía expectativas muy altas y una lista interminable de requisitos; no sería la elección de cualquiera.
Sin embargo, hace siete meses, durante una cumbre empresarial a la que Dafna asistió acompañando a Walter, se encontraron con Mariano. Él le había dicho con mucho significado:
—Señorita Cordero, presiento que lo suyo con Walter no durará mucho. Da la casualidad de que necesito una esposa presentable. Si algún día se separan, no dude en considerarme.
—Quería preguntarle... ¿Lo que dijo el señor Torres hace siete meses sigue en pie?
—¿Qué pasó? ¿Walter se murió?
Era un comentario con cierto tono de maldición, pero a los oídos de Dafna sonó muy irónico. Ella amaba tanto a Walter que había perdido su propia identidad; parecía que de verdad, solo si él moría, ella elegiría a alguien más.
—Terminamos. Si la oferta del señor Torres sigue en pie, me gustaría que hoy mismo fuéramos a firmar los papeles del matrimonio.
No hubo respuesta al otro lado de la línea, solo un silencio absoluto.
Dafna supuso la respuesta y habló con una calma inquebrantable:
—Fui imprudente. Lo siento.
—¿Dónde estás?
—... ¿Qué?
Mariano insistió, esta vez con una firmeza que no admitía discusiones.
—Dafna, envíame tu ubicación.

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